¿Comunidad de Santos?


Caminaba despacio, tranquilamente pero con decisión. De vez en cuando se detenía y oteaba el horizonte. Parecía disfrutar del paisaje. Se encontraba muy cerca del lago de agua dulce más bajo del planeta (212 mts bajo el nivel del mar).  Un precioso lago en forma de arpa conocido como Mar de Galilea.  El Antiguo Testamento (Núm. 34:11; Jos. 13:27) hace alusión a su forma de arpa al llamarlo mar kineret (del hebreo kinor = arpa o lira).

–       ¿Caminamos juntos?  -sugirió a un par de pescadores que encontró en el lago.   Se llamaban Andrés y Simón y eran hermanos.

Era la fundación de la Comunidad de Jesús. Esta sería una comunidad cimentada en el amor y el respeto,  dos valores que debían ser inquebrantables. El amor y el respeto se entregarían gratuitamente a todo ser humano, sin importar su condición. De la misma manera gratuita habría perdón de pecados. En el mundo judío también existía el perdón, pero era un bien administrado por los sacerdotes del templo, impartido como un don dependiente de la ley y el sistema.  Para los contemporáneos de Jesús, la expiación se alcanzaba por medio de un conjunto de sacrificios y ofrendas presentados en el templo y regulados por los funcionarios. Jesús, por su lado, pregonaba un perdón que estaba más allá de la ley y del templo, más allá de todo sistema.

–       No te preocupes –dijo dirigiéndose al paralítico que cuatro hombres habían introducido por el tejado, atado a una camilla – ya tus pecados están perdonados.

En ese momento hubo una confrontación directa. Esto era una provocación demasiado insoportable para los escribas. Para ellos era imposible que el perdón se obtuviera fuera de la estructura.  La comunidad creada por Jesús estaba fundada en un amor empeñado en perdonar, y que lo hacía más allá del templo. La casa, abarrotada de curiosos llenos de expectación, se convirtió de repente en un centro de perdón gratuito. Para los escribas, una completa blasfemia (Mc. 2:7); para el paralítico, la eliminación de la culpa y la liberación de su estado de postración (Mc. 2:5; 2:11); para los espectadores, un prodigio de amor y respeto que no dejaba ninguna duda: el Reino se había acercado (Mc. 2:12).

–       ¿Caminamos juntos? –Lanzó una vez más la invitación. Esta vez el receptor era un hombre algo elegante llamado Leví. Este no era pescador sino recaudador de tributos públicos.

Toda una nueva comunidad emergía de la nada. Sus primeros integrantes se parecían muy poco entre sí. De momento pescadores y recaudadores de impuestos pasaban de vivir  como enemigos, a experimentar la comunión de un proyecto de reconciliación sin límite. La estrategia de Jesús era muy diferente a la de Juan el bautista. La gente ya no tenía que salir en busca del profeta del desierto, ahora el profeta iría a buscarlos personalmente dondequiera que ellos estuvieran. Jesús y sus seguidores recorrerían los pueblos celebrando alegremente el encuentro y la reconciliación. No recorrían los pueblos solo por amor, lo hacían también porque cada persona representaba para ellos  un ser digno de respeto.

El estilo de Jesús denotaba vitalidad y alegría.  Solía celebrar comidas en su casa a las que acudía todo tipo de personas, sin distingo de rango social, profesión o nivel de pureza (Mc. 2:15). También realizaba comilonas al aire libre para convidar a multitudes, entonces les enseñaba acerca del Reino, confirmando sus palabras con hechos. La novedosa comunidad fundada por Jesús se las ingeniaba para hacer que el anuncio del Reino fuera accesible a todos.

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