Las compras del supermercado (para una sana eclesiología)


Recuerdo las primeras veces que fui con mi esposa a hacer las compras en el supermercado. Estábamos recién casados y éramos inexpertos en el difícil e importante arte de decidir qué no puede faltarnos en casa y qué es completamente prescindible. Es decir, no sabíamos distinguir lo esencial de lo no esencial.

Esto implicaba un gasto innecesario de dinero, a veces excesivo, en artículos que creíamos que eran de primera necesidad. No tardamos mucho tiempo en descubrir que algo no andaba bien en todo esto. Gastábamos mucho dinero y consumíamos menos de la mitad de la compra. Cada dos semanas veíamos cómo caducaba el queso, el jamón, el yogurt, o veíamos unas motitas verduzcas crecer de repente en el pan de molde. Esto nos llenaba de frustración.

Una tarde, antes de ir de compras al supermercado, decidimos hacer una revisión exhaustiva y honesta de la lista. Esa tarde tuvimos una de las conversaciones más importantes para nuestra vida matrimonial. Sin planearlo, sin que hubiese un tema “profundo” de conversación o algún problema entre nosotros. El “problema” de la lista de compras nos hizo comprender algo maravilloso.

Mientras conversábamos aquella tarde, notamos que cada uno tenía una lista preconcebida de artículos estrictamente necesarios para la vida en el hogar. Mi lista casi no coincidía en nada con la de ella. Sin embargo ambos creíamos que nuestra lista era la más adecuada, la correcta y la innegociable. Para mí, por ejemplo el pescado no era necesario en lo absoluto, pero para ella era algo innegociable. Yo jamás me hubiera imaginado que una familia pudiera sobrevivir sin golosinas, ella no concebía un hogar repleto de embutidos y con pocas verduras.

Un pequeño intermedio en la conversación hizo saltar una verdad en nuestra frente. Ambas listas son negociables, porque son listas heredadas, aprendidas en nuestras familias de origen. Listas que creíamos inviolables, innegociables, imprescindibles, realmente eran producto de una cultura familiar. No eran listas de compra universales. Por otro lado, notamos que ambas familias habían podido sobrevivir por generaciones con listas de compra tan diversas. Ambas familias eran sanas, no existían problemas de alimentación, ni desnutrición ni obesidad. Ambas listas funcionaban a la perfección. No había duda de eso.

La pregunta que nos asaltó en ese momento fue ¿Cómo dos dietas tan diferentes pueden funcionar por igual? No tardamos en saber la respuesta: Porque ambas listas tienen un común denominador, una serie de elementos esenciales, que las hacen funcionales. Empezamos a comparar ambas listas para identificar los artículos que se repetían. Arroz, frijoles, tortillas, tomate, papa, pollo, cebolla, ajo, verdura, fruta. Poco a poco identificamos un cierto núcleo, una pequeña lista de artículos que prevalecían en ambas listas, sin ese núcleo ninguna de las dos dietas familiares funcionaría jamás.

A partir de aquél núcleo irreductible, mi esposa y yo empezamos a construir nuestra propia lista de compras. ¡Qué gran resultado! Ahorramos dinero, desperdiciamos menos comida, empezamos a vivir más sanamente y, además, cualquiera de los dos podía ir al supermercado sin temor a hacer una compra errónea. Aprendimos a degustar los antojos del otro, a disfrutar más de nuestras propias recetas.

Uno de los temores más grandes residía en el qué van a decir nuestros padres. Tanto sus papás como los míos nos habían inculcado una dieta “correcta”, pero logramos, sin problemas, tener una dieta aprobada y practicada por sus padres y por los míos a la vez. Ellos verían en nuestra mesa todos aquéllos elementos esenciales que nos habían enseñado a comer. Tanto ellos como nosotros estaríamos cómodos y satisfechos a la mesa de nuestra casa.

Al trabajar por algunos años en el Movimiento de La Viña, nos dimos cuenta que los fundadores del Movimiento habían pasado por un trance similar, pero en el ámbito teológico. El concepto de pecado, de Espíritu Santo, de santidad, de predicación, de iglesia y un sinfín de otras cosas, era muy variado. Prácticamente era imposible conciliar todas aquellas listas. Había que estudiarlas todas y encontrar el núcleo común que las hacía funcionar.

Al igual que nos sucedió con la lista de compras, el descubrimiento fue sorprendente. Lo que tantas iglesias, denominaciones y movimientos tenían por innegociable, no era lo que las hacía vivir, ni siquiera era lo que las hacía ser fuertes y sanas. Lo que las hacía crecer y ser denominaciones fuertes y activas en el Reino de Dios era un núcleo básico que, paradójicamente se repetía en todas las listas de la llamada Cristiandad.

Aquél código irreductible no era algo nuevo, de hecho era más antiguo que cualquier iglesia y denominación conocida. El ejercicio de la “lista de compras” ya lo habían hecho nuestros hermanos mayores del siglo IV. A aquél núcleo básico esencial de la fe cristiana se le llamó “Símbolo de los Apóstoles” o “Credo Apostólico”. Fue elaborado durante los Concilios Ecuménicos de Nicea, en el 325, y Constantinopla, en el 381. Por eso también suele llamarse “Credo Niceno constantinopolitano”.

Todas las Iglesias de la Cristiandad tienen ese Credo como su núcleo irreductible de fe. Desde la Iglesia Católica Romana, hasta las iglesias Pentecostales, pasando por los Ortodoxoxs Griegos y Rusos y los Anglicanos, Presbiterianos, Metodistas, Bautistas, Luteranos, Anabautistas y un largo etc.

Muchas veces se ha dicho que ese es un Credo de la Iglesia Católica Romana. Pero ese es un concepto errado. Todas las denominaciones y movimientos considerados cristianos mantienen el Símbolo de los Apóstoles como su “lista de compras” irreductible. Y es sabido que toda agrupación que se haga llamar cristiana pero que no respete dicho Credo, es tomada por sectaria.

La confusión surge, sobre todo, cuando se lee sin criterio, en el Credo el siguiente artículo de fe:

“Creo en el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia Católica, en la Comunión de los Santos, en el perdón de los pecados, en la resurrección de la carne, y en la vida eterna. Amén”.

El Credo fue escrito en latín y, por tanto, la palabra latina transliterada por Católica, también ha de ser traducida tal como el resto del texto. Esta palabra significa: Completa o Universal. Entendemos por Iglesia Complea y Universal a todo el conjunto de Iglesias que respetan los artículos de fe básicos de la cristiandad. No sería Universal una iglesia fragmentada que excluya a las demás.

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8 Comments

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  1. Hola José Pablo, me parece espectacular tu comentario. Sumamente atinado y cargado de buenas analogías que hacen al lector captar el tema de fondo. Me parece que hay algo que no capto en cuanto a lo que dices y es que, desde Martín Lutero y hacia adelante, el fundamento de la fe debería ser bíblico, pasando por sola scriptura. Pero en este caso, tu fundamento de la fe y que separa a los de la Iglesia de los sectarios sería precisamente una declaración conciliar, ergo una fuente extra-bíblica. Quisiera leer tu reflexión al respecto. Respeto tus criterios. Saludos. LF Calvo.

    • Gracias Luis Fernando. En primer lugar muy agradecido por tomarte el tiempo de leer mi pequeño comentario. Efectivamente, se supone que una fe luterana nos llama a la Sola Escritura, Sola fe, Solo Cristo, sola Gracia y sola Gloria de Dios. A lo que los protestantes llamamos “las 5 solas”. Ya todas ellas son elaboraciones teológicas y no, necesariamente, completamente bíblicas. Ese solipsismo exacerbado nos ha llevado a una enfermiza interpretación de los postulados protestantes, induciendo a contratictio (si es sola Fe ¿Cómo es que es también y únicamente sola Escritura?). Por otro lado, el Credo en mención es un documento conciliar enteramente basado en el texto bíblico. Es, quizás, el resúmen de fe, promulgado por un Concilio, más apegado a la Escritura que haya existido jamás.

      Un saludo
      JP

      • Hola JP, por lo que leo, creo que no necesariamente sigues la lectura interpretativa que se realiza en la mayor parte de iglesias evangélicas (bible Christians, born-again Christians según terminología en USA), pues ellos no aceptarían, según mi entender de las cosas, un Concilio extra-bíblico. Llevan una interpretación, como dices, muy enfocada en el principio de sola scriptura, rechazando como criterio de fe lo que no está explicitamente elaborado en la Biblia.

        Ahora, deberías considerar que el Concilio de Nicea realiza desarrollos cristológicos o pneumatológicos mayores a los que la Sagrada Escritura realiza. Por ejemplo, la cuestión de la consubstancialidad, término proveniente de la filo griega, es un desarrollo meramente conciliar al que la Biblia no hace alusión ni en ciernes. Ahora, la procesión del Espíritu Santo tampoco es una cuestión bíblica sino que se desarrolla en la teología patrística y conciliar, y queda marcada en el Credo. Este punto sería objeto de polémica con los católicos griegos en el siglo XI. Es importante recordar que las declaraciones de Nicea-Constantinopla influyen directamente en declaraciones de concilios posteriores, como la maternidad divina de María (theotokos) que no goza de aceptación en el mundo cristiano que no es católico. Es que si Jesús es Dios y es hombre (según el Credo Niceno-Constantinopolitano), entonces aquella que le da la humanidad a Jesús (su madre) termina siendo Mater Dei o Theotokos. El origen de las naturalezas de Jesús proviene de distintas fuentes pero confluyen en María, punto de origen del Señor en la tierra. Lo humano viene de María, lo divino de Dios pero en Jesús son inseparables. Esto como respuesta a los gnósticos, que asumían la imposibilidad de unión entre lo humano y lo divino. Por eso, toda actividad de Jesús es una actividad teándrica. ¿Por qué aceptar Nicea y no los concilios posteriores?

        Me gusta tu postura pero creo que no representa lo que la mayor parte de cristianos evangélicos asumen en Costa Rica. ¿Qué crees? Saludos,

        LF

      • Gracias Luis Fernando,

        1. Efectivamente me alejo bastante de la línea de los evangelicals estadounidenses. Esto casi responde de entrada a tu última pregunta, ya que la vena evangélica conservadora norteamericana influenció en demasía el evangelicalismo latinoamericano. De ahí muchas costumbras y prácticas de nuestras iglesias evangélicas hoy en día por estas latitudes.

        2. Cada Concilio, incluido el Vaticano II, contiene documentos y conclusiones muy diversos. Algunos documentos pueden ser muy bíblicos, otros muy teológicos y otros simplemente conclusiones basadas en la historia de la Iglesia. Esto hace que, un protestante como yo, estudie cada Concilio con mucha paciencia y aprenhendiendo de cada uno de ellos lo que, según mis estudios, pueda ser atinente. En el caso del Credo que tenemos bajo diálogo, el problema no vendría de los postulados del documento conciliar, sino, como bien estás apuntando, de su interpretación particular. El texto del Credo no se esmera en dar explicaciones sino que se compone de sentencias. Todas ellas basadas en el texto bíblico mas o menos como sigue:

        Creo en Dios: (Deuteronomio 6,4;Mc 12,29)
        Padre Todopoderoso: (Lucas 18,27).
        Creador del cielo y de la tierra: (Génesis 1,1).
        Creo en Jesucristo su único hijo: (Juan 3,16).
        Nuestro Señor: (Hechos 2,36).
        Que fue concebido por el Espíritu Santo: (Lucas 1,35).
        Nació de María virgen (natus ex Maria Virgine): (Mateo 1,22-23).
        Padeció bajo el poder de Poncio Pilato: (Juan 19,1-2).
        Fue crucificado: (Juan 19,17-19).
        Muerto y sepultado: (Lucas 23,46; Lucas 23:53)
        Descendió a los infiernos (descendit ad ínferos): (1Pedro 3,18-19).
        Al tercer día resucitó de entre los muertos: (1Corintios 15, 3-4).
        Subió a los cielos, y está sentado a la derecha de Dios, padre todopoderoso: (Marcos 16,19).
        Desde ahi ha de venir a juzgar a vivos y muertos: (Hechos 10,42).
        Creo en el Espíritu Santo: (Romanos 5,5).
        Creo en la santa Iglesia universal (catholicam): (Jn 17,21; Jn 10,14; Ef 4,4-5)
        La communion de los santos: (Apocalipsis 7,9).
        El perdón de los pecados: (Marcos 2:10).
        La resurreción de la carne: (Romanos 8,11).
        Y la vida eterna: (Apocalipsis 22,5).
        Amén: (Apocalipsis 22,20).

        He colocado las palabras latinas originales al lado de algunos de los postulados por la importancia que hay en su traducción. (ínferos no es lo mismo que infernus, catholicam quiere decir universal).

        He ahí el texto del Credo, bíblico y elocuente. Cada Iglesia ha tomado de él y ha interpretado en cada generación su contenido, pero eso es un proceso histórico y no se deriva del “espíritu” del Credo.

        3. En Biblia aprendemos que el texto más antiguo es el más original. Es así como Marcos es el primer Evangelio, Mateo toma de él y ambos de Q, la fuente primitiva y común. Lo mismo sucede con el resto de manuscritos, los más antiguos encontrados del AT (Qumrán) nos conducen a los más certeros. En el caso de los Credos (extendidos) de los posteriores Concilios, encontramos precisamente ya interpretaciones no universales del primer texto conciliar. Por eso Nicea sigue siendo nuestra fuente de Unidad en el Credo.

        4. Efectivamente, como apunto más arriba, no todos los cristianos de herencia evangélica enraízan su fe de la misma manera que yo, aunque no podemos decir que somos pocos los que, como yo, dejamos de lado lo meramente accesorio y volvemos a lo estrictamente esencial.

        Saludos
        JP

      • Hola JP, me parece muy interesante lo que planteas. De hecho me tomo algún tiempo para meditar en lo que me indicas y responder en un momento posterior.

        Hay algunos puntos aquí que seguirían como cuestiones sin resolver. Por ejemplo, 1- ¿qué implicaciones tiene para la fe el aceptar principios extraídos del helenismo y no del judaísmo? Por ejemplo, el término esencia (ousía) no nace en ambientes judíos sino griegos y se usa de manera central en el Credo Niceno-Constantinopolitano. Esto implica que no es un desarrollo bíblico pero que terminaría “colándose” en la fe de muchos.
        2- Las citas bíblicas respaldan los enunciados centrales del Credo pero no los explican plenamente. Y es que veo que has preferido utilizar el Símbolo de los Apóstoles, mas sencillo que el Credo Niceno, pero que no es el Credo del que hemos venido hablando. El Credo Niceno-Constantinopolitano, que los católicos rezamos siempre durante la Misa, es producto de dos Concilios, como bien anotaste, pero distinto al Símbolo de los Apóstoles. Creo que en tu reflexión también interecambiabas ambos términos pero el Símbolo es mas antiguo que el Credo Niceno y son distintos.
        3- Algunas reflexiones del Credo, como la consubstancialidad y la procesión del Espíritu Santo, son extra-bíblicas y son desarrollos teológicos que si bien expresan coherencia con la S.E, no son explicadas plenamente por la Biblia. ¿Por qué creemos que el Espíritu Santo procede del Padre y el Hijo? Este proceder no es explicado por la Biblia pero si es parte central del Credo.
        4- Un cristiano como vos, instruido y de cuna creyente, ¿cómo define lo que se debe creer en materia de fe, moral y conducta? ¿Cómo disciernes una doctrina cristiana de una que no es? Tu reflexión eclesiológica, de manera muy acertada, pasa por una revisión doctrinal. Si bien a veces han sido los personalismos lo que causan divisiones, normalmente son las diferencias doctrinales las que sellan de manera definitiva los cismas o divisiones. Inicialmente decías que los Pentecostales admiten el Credo Niceno-Constantinopolitano, pero esto, en mi corta experiencia, no lo logro constatar con la realidad. Cualquier cosilla que huela a incienso es digna de anatema, como las que la I.C usaba en tiempo previos al CVII.
        5- Una última aclaración formal, mas no de fondo, es que el primer Concilio Cristiano es el de Jerusalem, tal como lo constata el cap. 15 de los Hechos. Este es el primer Concilio de la Secta del Nuevo Camino 🙂

        Un abrazo. LF

      • Gracias una vez más Luis Fernando. Leí con detenimiento tu comentario. También tendré que responder en otro momento porque estoy en medio de una actividad que terminará tarde por la noche. Te escribiré mañana.

        Un saludo
        JP

      • Saludos Luis Fer

        A estas horas de la madrugada (3:47 am) acababa de terminar una amplia y muy esmerada respuesta a tu comentario. Al terminar de redactar puse el cursor, de forma equivocada, sobre la palabra “cancelar” en vez de “responder” y se borró absolutamente todo sin ningún remedio. Esto me hizo sentir cierta tristeza y me siento incapactado, por ahora, de volver a redactar toda una respuesta como esa. Te propongo dos cosas:

        1. Darme el chance esta semana de volver a redactar a conciencia.
        2. Vernos en alguna parte, café en mesa, para continuar esta conversación.

        Saludos
        JP

      • Aquí intento recuperar un poco las ideas que, lamentablemente, borré. 😦

        1. Principios helénicos encontramos desde muy temprano en nuestra Biblia (por no mencionar los de origen egipcio, como en Job y Éxodo, o de origen ugarítico, en los Salmos). El concepto mismo de Arca de la alianza, incluido su diseño, lo podemos encontrar de forma paralela en el mundo egipcio. Para cuando el AT es vertido por primera vez al griego en la versión de la Septuaginta (LXX) ya se han introducido muchísimos conceptos, ideas y palabras no hebraicas en la teología veterotestamentaria. El Nuevo Testamento lee de la LXX en casi todas sus citas. Los Padres de la Iglesia beben de la Septuaginta y la Ortodoxia Oriental sigue tomando la LXX como normativa. Basta con estudiar las traducciones derivadas de la LXX y todas sus influencias para percatarnos de un sinfín de helenismos adoptados acríticamente por la cristiandad. Para una idea más amplia de esto puede verse: http://www.traducciondelabiblia.org/uploads/media/TBV12N1.pdf. Tu pregunta debería llevarnos a una profundización exhaustiva y no quedarnos únicamente en el texto del Credo. Las implicaciones de este examen pueden ser muy interesantes. Tenemos que explorar, también, todas las inserciones que hemos hecho, en nuestra doctrina cristiana, provenientes del fruto de nuestras propias cavilaciones teológicas, como veremos en la respuesta #2. Precisamente por todo esto es que creemos, hoy más que nunca, en ese “fermento irreductible” de la fe. Es cierto que podríamos reducirlo aún más, prescindiendo del Credo y sumiéndonos en las aseveraciones de Jesús, quien afirma que la Ley se cumpliría amando a Dios, al prójimo y a sí mismo. Pero esto nos dejaría a merced de un ecumenismo a ultranza, sin la capacidad de diferenciarnos de casi ninguna otra religión (La regla de oro está presente en todas las religiones conocidas).

        2. Procuraba describir con lujo de detalle el desarrollo de los concilios, explicando por qué no es desacertada la mención de ambos en mi texto. Efectivamente he elegido el texto corto de Nicea obviando la inserción del primer Concilio de Constantinopla. Recordemos que ambos Concilios luchan por subsanar conflictos de índole doctrinal. Es así como Nicea “soluciona” el problema de Arrio, mientras que Constantinopla I “Soluciona” la disputa pneumatómaca. Es precisamente en ese punto donde inserta una ampliación al texto base: “Credo in Spiritum Sanctum qui ex Patre per Filium procedit”, dando como cerrada la discusión Macedonia. Sin embargo, Constantinopla nunca declara extinto el texto corto, sino que lo conserva como canónico, en igual importancia que el texto ampliado. En las actas conciliares posteriores podemos encontrar como canónicas ambas redacciones. Probablemente mi artículo conduce a confusión al utilizar la mención biconciliar. Sin embargo el Concilio de Constantinopla contiene dos Credos aprobados: Uno corto y uno largo. El corto fue abrazado por ciertas corrientes minoritarias de la Iglesia de entonces, el largo fue adoptado por Roma hasta hoy.

        3. Este punto se sale de mi énfasis, por cuanto es un desarrollo del texto ampliado, el cual no tomo como base. Y, efectivamente podemos encontrar, sin lugar a duda, desarrollos teológicos que intentan explicar las ideas surgidas en la historia de la Iglesia. Ese ha sido el quehacer de la teología. Lo malo es cuando esa teología es imperial y asume potestades impositivas, haciendo de sus cavilaciones y elucubraciones normas que deben ser aceptadas de forma acrítica por sus acólitos so pena de escarnio o vituperio. Es así como vemos aparecer neologismos como la palabra “trinidad”, creada exclusicamente para intentar explicar una idea de un Dios en tres personas. También la idea de consubstancialidad, unión hipostática, entre otras. Pero también vemos que casi todo lo que creemos es un desarrollo teológico difícilmente cobijado por la Escritura. El concepto de Dios, de Jesús, del hombre (tripartito -griego- holístico – hebreo-), de Iglesia, Sacerdote, Pastor, Obispo, Partimiento del pan, Misa, culto, bautismo, matrimonio (no encontramos indicios de la necesidad de que un matrimonio sea presidido por un ministro eclesiástico para ser santo o valedero delante de Dios)… En este cuestionamiento, una vez más, deberíamos profundizar nuestra pregunta y llevarla hasta las últimas consecuencias, no quedarnos en una sola palabra del Credo, sino que debemos cuestionarnos ¿Qué de nuestra teología es verdaderamente bíblica? ¿Es la Iglesia tal como se ha desarrollado desde hace 1900 años una idea bíblica? ¿Es su estructura verdaderamente basada en la Sagrada Escritura? ¿Son sus ritos, costumbres, desarrollos, exigencias, luchas y justificaciones realmente Bíblicas? ¿Son sus posiciones frente a la mujer, los homosexuales, los anticonceptivos, la pobreza, la vida y la muerte conceptos realmente destilados de la Biblia? Intuyo que terminaríamos reuniéndonos en humildes domus ecclesiae (Rom 16:5), donde las mujeres presiden el partimiento del pan (Fractio panis http://dlibrary.acu.edu.au/staffhome/dacasey/Fractio%20Panis/1.jpg), las lecturas, cantos y oraciones son ofrecidas por todos los invitados (Col. 3:16), sentados unos en el suelo, otros en sillas (Lc. 10:39), en un ambiente de hogar sin exigencias, genuflexiones, reverencias, protocolos ni explicaciones doctrinales. Nos encontraríamos, por fin, con una fe desnuda y genuina.

        4. Sería muy pretencioso de mi parte intentar siquiera esbozar una respuesta a tu pregunta en un párrafo. Ni siquiera Jesús procuró redactar un tratado de moral o de ética. Más bien se esmeró en que trabajáramos en la renovación de nuestro corazón (Cf.”¿Qué dice Jesús acerca del sexo?” en este mismo Blog). . Jesús sabía muy bien que nosotros estaríamos siempre inclinados a buscar listas exactas, normas de comportamiento, parámetros y leyes. Sabía también que esto solo redundaría en dolor, peleas, disensiones y desacuerdos. Por eso se esmeró en mostrarnos un camino de salud para nuestro corazón. Nos mostró la regla de oro, el amor a los enemigos (o a los que piensan, creen y actúan diferente de nosotros), la generosidad, la misericordia y la pacificación. Podemos encontrar un pequeño compendio de carácter cristiano en los llamados “frutos del espíritu”.

        5. Debemos empezar comprendiendo que la palabra “Concilio” no aparece en ningún texto bíblico. Lo acontecido en Hechos 15 es un tanto diferente a lo que llamamos “concilios ecuménicos”. La redacción de aquella carta en Hechos 15 es, ciertamente un primer documento que procura la unidad de los creyentes en un único punto. Ojalá la práctica se repitiera con más frecuencia. No soy el único que cree que la Iglesia Universal necesita un nuevo ‘Sínodo” (Caminando unidos) ecuménico, más allá del Vaticano II.

        JP

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