Relatos I “Sentir culpa o no sentir culpa”


PRIMERA PARTE

 

“Sentir culpa o no sentir culpa, esa es la cuestión”

-Intenté ser ateo, pero no tuve la suficiente fe para hacerlo.- Se hizo un extraño silencio, como si ambos se hubieran quedado ensimismados, masticando aquella frase. Sofía no ocultó su confusión y rompió el silencio.

-¿No tuviste fe para qué? ¿Para convertirte en un ateo? ¡Ja! estás tremendamente loco amigo. Yo no sabía que para dejar de creer en los dioses se requería de fe, pensé que era todo lo contrario. Quiero decir, yo siempre había creído que los ateos son los que pierden la fe.

-Eso es lo que parece a primera vista.- Replicó Aquilino mientras se llevaba a la boca una diminuta taza de expreso. Aquélla sensación amarga en el paladar le producía un enigmático placer. Miraba atentamente a Sofía, que había bajado la mirada con el ceño fruncido. Aquilino amaba secretamente aquél gesto. Sabía que cuando Sofía fruncía el ceño y clavaba los ojos en la mesa, como si estuviera en el limbo, significaba que estaba urdiendo alguna idea inteligente.

-Para dejar de creer en Dios, yo debía empezar a creer en el ateísmo. Pero de repente me topé con que había muchas clases de ateísmo. Para mi sorpresa tuve que empezar por plantearme de qué cosa quería ser ateo, o de qué o cuales dioses debía de abjurar. No pasó mucho tiempo antes que me diera cuenta que el deseo de dejar de creer no me bastaba para lograr ser un verdadero ateo. Era necesario creer que el ateísmo era un ideal digno de mi confianza, pero el ateísmo echaba mano de cuanto podía para lograr crear esa clase de credulidad en sus acólitos. El ateo procura creer que la ciencia le puede dar razones para dejar de creer en Dios, a su vez, la ciencia busca esas razones en la tecnología, la tecnología en la filosofía.

-Creo que ya te entiendo Aquilino, pero hay demasiadas formas de creer en la filosofía, hay muchos tipos de filosofía, y otra vez la filosofía se refugia en la ciencia o en la tecnología, o en la metafísica…

-¡Claro! –dijo emocionado Aquilino- y todo resulta nuevamente en una religión, ¿lo ves? pero esta vez todo el esfuerzo religioso radica en lograr creer que no se cree. Creo que no creo que no creo que no creo que no creo…

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Ambos se echaron a reír. Pero Aquilino se sintió un poco estúpido repitiendo esa frase y de pronto se puso tímido y apuró el último sorbo de café que quedaba en la taza. Sofía estaba realmente interesada en el tema. Aquilino siempre le había parecido un hombre misterioso, algo atractivo. Le encantaba escucharlo hablar, aunque no siempre estaba de acuerdo con lo que decía. De vez en cuando se sentía atraída por él. Eso la llenaba de temor, se sentía pecadora. Hasta había pensado en confesarle esas sensaciones pecaminosas a su mejor amiga, pero cada vez que lo intentaba se llenaba de vergüenza y abandonaba la idea. A veces sentía que eso significaba que le era infiel a Josué, su prometido. El conflicto de Aquilino era el mismo pero a la inversa. Los intensos labios carnosos de Sofía lo deslumbraban, se sentía enamorado. Pero luchaba a brazo partido por eliminar tales sentimientos. Suponía que era pecado mirar con ojos de amor a una mujer que pronto contraería nupcias.

Un nuevo silencio había inundado el inviolable metro que los separaba. Un simple metro de distancia que, físicamente no era más que un paso entre dos cuerpos, pero que moralmente se convertía en un abismo infranqueable. Pronto llegarían los demás. Aquilino pensaba para sí que había sido una verdadera suerte haber llegado temprano y encontrar sola a Sofía sentada en la mesita del café. Al entrar al local buscó a los demás entre la gente que murmuraba en el interior. Pero solo reconoció la silueta esbelta de Sofía. Sonrió complacido y avanzó un paso hacia ella, pero vaciló. Lo detuvo la sensación de estar cometiendo una barbaridad, un acto imprudente que sería condenado por el resto de los líderes de las iglesias que llegarían en cualquier momento. No pasaron muchos segundos antes que Sofía se percatara de la llegada de Aquilino e inmediatamente le hizo señas para hacerle notar su presencia. Aquilino entonces tomó aquél acto como un buen pretexto que lo excusaba de cometer semejante acto indecoroso. Se acercó a ella más con miedo que con aplomo.

-Desde que llegaste has mirado 4 veces el reloj, se te nota algo ansioso, ¿tienes prisa?- Le dijo Sofía en un tono algo burlesco. Aquilino carraspeó nerviosamente y rebuscó una excusa.

-No, solo que veo que los demás se están tardando un poco, ¿no crees?

-Si, pero deberíamos estarles agradecidos, así tenemos oportunidad de seguir con el tema. Quizás la reunión sea tan tediosa como las otras. –Por alguna misteriosa razón las palabras de Sofía pusieron aun más nervioso a Aquilino. Fue en ese preciso instante cuando resonaron en aquél recinto las descomunales risotadas de Beatriz, la ruidosa y ya resignada solterona del grupo. Con ella venía toda la comitiva.


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