Relatos II “Sentir culpa o no sentir culpa”



 SEGUNDA PARTE

 

La reunión estaba a punto de concluir cuando apareció Josué, el flamante novio de Sofía. Apuesto y elegante. Aquilino no pudo (ni quiso) disimular su descontento. Pero el grupo entero le dio la bienvenida de una forma cordial. En demasía, para lo que Aquilino hubiese deseado. Josué se sentó al lado de su novia, quien le lanzó la más tierna de sus sonrisas, al tiempo que Aquilino se levantaba de su silla y se despedía de todos con su típica gracia llena de timidez.

La reunión le había parecido un completo fracaso. Era demasiado difícil encontrar consenso entre líderes cristianos de tan diferentes herencias eclesiásticas. Todos jóvenes y con mucho ímpetu, pero con ópticas difíciles de conciliar. Pensó que había sido una mala idea eso de conformar una red interdenominacional de líderes juveniles. Cada vez veía más difícil la realización de su sueño: Unir todas las fuerzas cristianas (católicas y evangélicas) en un solo cuerpo, trabajando por una sola causa.

-¡Me parece algo absurdo! –Se dijo a sí mismo flagelado por su conciencia-. Aquilino no podía comprender cómo un cristiano consagrado como él podía sentirse tan abrumado por las tentaciones. Sofía le gustaba mucho.

– Si, absurdo, o sea, lo contrario de obediencia. Claro, –continuó, recordando sus clases de latín- porque obediencia, ob audire,  significa “escuchar con atención”, y me parece que no me ha dado la gana escuchar con atención la voz de alarma de mi conciencia, no he querido ver las luces rojas de mi semáforo interior. He sido un tonto, un necio, ¡un ser absurdo…! sí, absurdo –se repitió- porque la palabra que se usa en latín para “sordo” es surdus, y ser completamente sordo, como yo, es ser ab surdus.

Esa noche se acostó mortificado por todos esos pensamientos. No había sido un buen día, le parecía que todo le había salido mal. Se acostó, no tuvo ganas de orar antes de dormir, así que hizo una pequeña oración mecánica y cerró los ojos.

Sofía cenaba con Josué en un hermoso restaurante ubicado en la cima de Escazú desde el cual se lograba ver casi todo San José, la ciudad capital de Costa Rica. La noche les había sido fiel: Luciérnagas color de esmeralda, estrellas de lapislázuli; la ciudad muda en la lejanía con sus lucecitas blancas, amarillas, rojas y verdes; la brisa leve y fresca y todo el cosmos sobre ellos. Él la besó. Un beso pequeño, pero lento. La delicia de los labios de Sofía embriagó de golpe todo el espíritu de Josué.

-The rest is silence – atinó a decir Josué en medio de un suspiro-. Ambos quedaron en un silencio cómplice y embriagado.

A Sofía no le pareció extraña la inusitada frase inglesa, es más, le recordó una hermosa página de Hamlet. No le sorprendió porque Josué era tan aficionado al Norte como a su lengua, y siempre creyó que sonaba más romántico decir cosas bonitas en inglés que en su propio idioma. Lo que sí le sorprendió a Sofía fue ese insolente recuerdo de Aquilino que la invadió con toda irreverencia. Se le asomaron a la mente aquéllas suaves palabras que había pronunciado Aquilino el día que se conocieron, hace poco más de un año. Aquilino la había mirado con los mismos ojos intensos con que la había mirado hoy, y sin más reparo se animó a pronunciar: “Animula vagula, blandula…” 

-Dime qué significa –suplicó Sofía algo insegura-. Pero Aquilino se negó a hacerlo.

-¡Por favor! –insistió ella más interesada en continuar con el juego que otra cosa-.   Él se complació en dejarla con la duda hasta que un día, pasados varios meses, volvió a mirarla a los ojos: “Pequeña alma errante, acariciadora”. Ella no supo de qué se trataba hasta que la misma voz continuó “Animula vagula blandula…” y sonrió tímidamente.

Mientras recordaba se sintió confundida. Culpable. Se le apagó la sonrisa. Hizo una oración de emergencia en su corazón pidiendo perdón a Dios por semejante pecado. Se vio a sí misma como una niña caprichosa e inmadura. Josué era el hombre de su vida y lo que ella estaba haciendo era algo inadmisible según la moral que le había sido inculcada.  Se sintió tan abrumada que tuvo que refugiarse en el baño por unos instantes. Pero al estar sola frente al espejo todo empeoró. “Animula vagula blandula…” No podía engañarse, el inglés de Josué nunca había logrado penetrar sus fibras tanto como esas tres palabras que pronunció Aquilino. No sabía lo que le estaba pasando, nunca le había interesado ni el inglés de Josué ni el latín de Aquilino, pero algo había comenzado a cambiar.

– ¿Hola? –Aquilino contestó instintivamente su teléfono celular. Aun estaba dormido cuando escuchó la voz de Sofía.

– ¿Aquilino? ¿Estas ahí? ¿Te he despertado? –Aquilino no podía dar crédito a lo que estaba pasando. Se incorporó hasta quedar sentado sobre su cama.

-Sofía ¿Eres tu? Si, estaba durmiendo, pero no te preocupes ¿Sucedió algo? –Sofía había realizado la llamada de forma casi inconsciente. De pronto se percató del error que había cometido y asustada se miró en el espejo del baño del restaurante.

-Perdona, solamente estaba algo preocupada. Cuando te fuiste de la reunión, esta tarde, parecías algo turbado, y no te despediste de mí. Solo es que estoy un poco preocupada. ¿Estás bien?

-Estoy bien, no pasa nada. Solo estaba cansado. –Dijo él con una sonrisa complacida.

-Bueno, entonces continúa durmiendo, ahora estoy más tranquila. Buenas noches. –Colgó sin esperar ninguna respuesta de Aquilino.

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