Relatos III “Al reverso de la Historia”


TERCERA PARTE

 

“Al reverso de la Historia”

 

El estudio de la arqueología había logrado forjar un espíritu muy observador, casi inquisitorio, en Aquilino. La observación era su don más aguzado. Podía quedarse horas enteras observando un detalle en una fotografía, en un paisaje o, incluso, en un rostro. Poseía una memoria prodigiosa, pero selectiva. Fascinado por las culturas pretéritas había cursado con mucha dificultad los estudios de arqueología. Nunca fue brillante en sus años universitarios, pero poseía una pasión extraordinaria. A su graduación solo asistió doña Constanza, su madre. Orgullosa de su hijo, la anciana desembolsó los ahorros de toda una vida de intensa labor costurera y, convencida de que era la mejor inversión, obsequió a su hijo el viaje a Palestina que ella misma había soñado. Doña Constanza veía su anhelo hacerse realidad a través de su hijo. “Mis cansados ojos ya no apreciarían los detalles del viaje” se decía resoluta, “mis pies ya no podrían recorrer esas calles sin sentir un intenso dolor de cansancio que me subiría de la planta de los pies hasta el mismísimo corazón”. Y remataba diciendo: “Que sea él, seguro que sabrá apreciar mejor que yo cada sorpresa que se esconde en esos parajes… ya lo veré yo todo a través de sus ojos” y sonreía ilusionada.

Del peregrinaje a Tierra Santa, Aquilino sacó muchas conclusiones, todas ellas muy lejos de ser producto del mero turismo de arqueología. “En ese país la arqueología es más que una ciencia de estudio… es un arma bélica” les decía a sus amigos, “imagínense que uno de los arqueólogos más famosos de Israel, el que dirigió las excavaciones de Masada, era comandante en jefe del ejército” y continuaba con entusiasmo: “Un simple hallazgo puede ser causal de una batalla sangrienta y despiadada en esas tierras. Los arqueólogos sionistas compiten a muerte para lograr demostrar al mundo que sus antepasados vivían en ese país desde hace tres mil años… y que esa tierra les pertenece”. De su alforja de experiencias acumuladas durante el viaje Aquilino narraba muchas curiosidades, pero su mayor tesoro extraído de esas tierras era la visión de la injusticia que prevalece en Palestina. Eso le cambió la vida, regresó comprometido con la justicia social.

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Por su lado, Sofía cursaba el último año de teología. Era una de las pocas jovencitas que se había animado a estudiar una carrera tan poblada de masculinidad. No simpatizaba realmente con la teología feminista, sin embargo abogaba por la igualdad de derechos y oportunidades. Había declarado la guerra al Vaticano por la prohibición antibíblica del sacerdocio femenino. Era una mujer bella y algo revolucionaria. Algunos de sus compañeros de facultad la criticaban por haber nacido en una familia acomodada.  La veían como una “niña de papá” pero la apreciaban mucho.

Los lujos en los que había sido criada parecían haberle vendado los ojos a la realidad del mundo. Pero la arrebatadora imagen de aquél teólogo peruano que salió en los periódicos le arrancó la venda de golpe. Asistió a la conferencia que dictó el famoso y controversial teólogo Gustavo Gutiérrez. Sofía sentía que cada una de las palabras pronunciadas por aquél locuaz hombre se le estrellaba por todo el cuerpo, como si una ametralladora la acribillara sin piedad. Era tanto y tan nuevo el dolor que sentía que apenas pudo contener el llanto. Por fin se había abierto la ventana que había estado cerrada durante toda su vida, ahora podía ver el mundo en toda su crudeza y espanto. Aborreció la riqueza desmesurada, sintió náuseas de muchos de sus amigos que apoyaban las guerras injustas (todas las guerras son injustas). Ese fue el momento en que descubrió un sentimiento nuevo que surgió profuso y de golpe desde sus entrañas: la compasión.

Luego de haber descubierto a Gustavo Gutiérrez (el peruano bajito que evidenciaba las secuelas del polio y que era considerado uno de los más grandes teólogos latinoamericanos) persiguió con una asiduidad rayana en la obsesión a todos aquéllos,  hombres y mujeres, que vivían en ese mundo tan emocionante y a la vez tan violento que llamaban teología. Cambió su forma de vestir, ahora no despilfarraba el dinero en suntuosos atuendos. Descubrió que con lo que ella invertía en belleza cada tres meses, podía dar de comer a dos familias pobres.

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Los primeros que notaron el cambio fueron sus padres. Ya de por sí no estaban nada conformes con la carrera elegida por su hija única. Habían pensado que era una afición pasajera, como lo había sido la equitación, el violín o la danza.  Sin embargo la teología la había deslumbrado. La equitación, el violín y la danza no le habían dado la oportunidad de sentir algo tan nuevo e inusitado para ella como la compasión. Sólo la teología había logrado hacer que su corazón empezara a latir en conjunción con el mundo real; el mundo que sufre y llora, el que siente rabia y dolor. Ahora su corazón latía, al reverso de la historia. Siempre le habían dicho que los pobres andrajosos eran seres despreciables y peligrosos, pero ahora sabía que lo único peligroso en el mundo es el poder y la injusticia de los poderosos.

 

 

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