Relatos IV (Tibidabo)


Tibidabo

 

            En la Font màgic de Montjuïc Sofía se sumergió en un mundo de fantasía. Aquella era la primera noche en Barcelona y esa visión casi celestial de aguas saltarinas que cambian de color mientras danzan al son de la música clásica embriagó el corazón de la joven teóloga. Barcelona emergía, majestuosa, ante sus ojos. Las fuentes mágicas de Montjuïc hacían su danza ritual, rodeadas de algunas decenas de turistas que, extasiados por la belleza y maravillados por la perfecta simbiosis del agua, la música y los colores, guardaban un silencio reverencial, como quien presencia un prodigio o una teofanía; guardaban silencio y permanecían estáticos (extáticos), como si adoraran una divinidad sobre una tierra sagrada. El escenario era algo alucinógeno: Sobre el monte, subiendo unos cien escalones se encontraba el Palau de Montjuïc, bajando las escaleras, las fuentes bailantes, un poco más abajo la imponente ciudad y al fondo de la escena, como colgando del cielo, aparecía el Tibidabo. Iluminado y suspendido en el aire, el monasterio del monte Tibidabo parecía descender de lugares celestiales, como la Jerusalén venidera. 

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            No reprimió los pensamientos que llegaron sin preguntar a su cabeza. Imágenes de una Centroamérica que convulsiona por respirar. No lograba apartar de su mente las escenas de los niños descalzos de su país, de las madres de piel curtida por el sol inclemente. Quiso detenerse en el recuerdo de las devastaciones de los terremotos y huracanes que dejaban con menos a los que ya de por sí no tenían nada. Sin embargo no había rabia en su corazón, sino gratitud. Sonrió instintivamente al recordar a sus gentes, sus iguales, sus pares… esos que ven la mano del Altísimo y dan saltos de gozo cada vez que una flor se abre, un jilguero canta o un quetzal surca el aire. Gente que tiene una especial capacidad de ver a Dios en las cosas más simples y sencillas: en la lluvia, en el sol de todos los días, en la sonrisa de los niños, en el arroz y los frijoles, en el murmullo del río; un pueblo que ha afinado su mirada y sus sentidos para ver un milagro de Dios en cada pequeña bendición que llega a sus vidas, por nimia que sea.

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            Se preguntaba una y otra vez magno cum dolore (con gran dolor) cómo era posible que los que no tienen nada logren ver a Dios en todo, y los que lo tienen todo no lo vean en nada. Lo que más le sorprendía no era la posibilidad de creer en Dios cuando no se tiene nada, sino ¿Cómo es posible no creer en él cuando se tiene todo? Es una de las ironías más grandes del universo. El que carece de la bendición de la prosperidad la agradece con sinceridad y devoción; pero el que carece de carencias sucumbe bajo la miseria de la incredulidad y sufre el latigazo de la desesperación, de la esperanza sin fe, que no es esperanza sino espera que desespera. Unos tienen hambre y sed de justicia, pero son ricos en fe y esperanza, a otros no les falta de comer, ni techo bajo el cual vivir, ni ropa que vestir, pero son pobres de espíritu.   

            -¿Será que, de tanto progreso y tanta comodidad, habrán perdido toda capacidad de asombro? –Pensaba Sofía mientras abría la puerta de su pequeño apartamento de estudiante, donde viviría durante los próximos tres meses. Al entrar, se tumbó en la cama y quiso adivinar lo que hubiese dicho Aquilino de todo aquello.

–Estoy segura que tendría alguna buena respuesta a todos mis cuestionamientos, o al menos haría algún comentario inteligente -De pronto se entristeció mucho al caer en la cuenta de que el primer hombre en quien pensó desde que llegó a Barcelona fue Aquilino y no su novio. Había algo malo en todo eso, se seguía sintiendo culpable, como si estuviera perdiendo una batalla consigo misma. Y realmente sabía que sí, la había perdido.   

            Sofía encontró tremendamente interesante que se le pusiera un nombre tan bíblico a un monte que vigila a toda Barcelona. Una cima orgullosa, la más alta de la sierra de Collserola. Desde esos 512 metros el Tibidabo observa pacientemente el imperturbable latir de una ciudad tan viva y tan inerte a la vez. Tibidabo (te daré) viene de la frase latina que Satanás utilizó para tentar a Jesús desde lo más alto de la ciudad de Jerusalén. Sobre aquél pináculo Satanás le mostró todos los reinos de la tierra y le ofreció toda la potestad y la gloria de ellos si se postraba y le adoraba. Sofía sabía que lo más importante de aquél episodio bíblico no era si Satanás tenía potestad o no, sino el anhelo de adoración que había en él. La tentación y la adoración están estrechamente ligadas.

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            -Sucumbes ante lo que adoras. No se trata de qué tienes o qué no tienes, sino de qué adoras. Se trata de poder descubrir lo que hay detrás de ese poderoso Tibidabo (Te daré) que a cada instante se nos presenta en el camino.  Se trata de saber de dónde proviene la promesa, quién o qué promete ese “te daré”. Cuando nos arrodillamos pensando en un “me dará” ya no se trata de adoración sino de adulación. Es la actitud del perro que se sienta graciosamente ante la mano de su amo (o de cualquier posible dador) para recibir una galleta. 

            De igual forma encontró particularmente interesante que Montjuïc signifique “Monte judío” y que muy pocos catalanes lo sepan. Dos montes que se ven cara a cara abrazando la ciudad entre ambos, contemplándola, vigilándola. Aquél Palau de Montjuïc está asentado sobre una antigua torre de vigilancia, la Torre Farrel, que a su vez estaba sobre el Castell del Port, erigido en el año 1022. Todas estas construcciones han sido siempre, en el Montjuïc, edificaciones de poder político y militar. El Monte del “Te daré” mira a los ojos al Monte de la potestad, y en medio de ambos, como si fuera el producto del coito ontológico de ambas montañas, se conturba cada día la urbe catalana.  A un lado de la ciudad el monte de la promesa de poder y autoridad, al otro el monte de la lucha por hacer realidad tal promesa… y la cuidad sucumbe en la engañosa tensión escatológica secular y antibíblica, como todas las grandes ciudades, ante la potentia adoratio. San Jerónimo –recordó Sofía-  Propositum erat Domino humiliate diabolum vincere, non potentia.   

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