Relatos V (Phobos metha phobos)


Phobos metha phobos

(Temor y temblor)

 

            Esa noche no pudo dormir. Vuelta tras vuelta, bajo las sábanas, Sofía luchaba contra ella misma. A su lado, bajo las mismas sábanas, yacía el cuerpo de un joven. Aquilino parecía dormir plácidamente ignorante de su propia desnudez. Sofía observaba de vez en cuando fhobos metha phobos (con temor y temblor) la silueta masculina que se dibujaba sinuosamente bajo la tela que la cubría. No daba crédito a sus ojos ni a sus pensamientos, no lograba asociar lo que vivía con su realidad real, porque la realidad, esta que estaba viviendo, no correspondía a la suya. Esta era otra, tan inusitada como incomprensible. 

            Aquella tarde había ido al aeropuerto decidida a recoger a un compañero de trabajo. Emocionada con todos los proyectos que tenían por delante en Barcelona. Pero en algún punto, solo Dios sabe dónde, el plan se torció y tomó un rumbo desconocido que ella no había planificado, al menos no conscientemente. Llegó temprano al aeropuerto, un poco nerviosa sin saber la razón exacta. El plan estaba trazado, varios correos electrónicos en los últimos días lo habían confirmado: Se encaminarían a la casa de hospedaje donde Aquilino se instalaría durante los próximos dos meses y medio. Su medio mes en Barcelona ya la facultaba para moverse con cierta libertad en esa ciudad enmarañada. Ya se había dado cuenta que la ciudad es más benévola cuando se descubre que son tres grandes circunvalaciones las que la recorren de lado a lado, como tres arterias o tres nervios que la surcan y la vuelven amigable. Dejaría a Aquilino instalado y le daría las instrucciones básicas; luego se dirigiría a una cena con algunos nuevos conocidos y otros tantos desconocidos. Aquilino se quedaría a descansar. Pero algo inesperado cambió el curso de las cosas: Un beso kamikaze la sorprendió mientras conducía seguido de un largo silencio post bombardeo. La sensación era nueva para ella. Aquilino parecía tener una actitud estoica, pero a ella le temblaba todo el cuerpo. Ahora romper el silencio era una empresa casi tan arriesgada como el beso a ultranza de Aquilino. 

–        Entonces – querelló Sofía mientras encendía la radio- ¿necesitarás que venga a hacerte compañía esta noche?

–        Supongo que si, lo necesitaré –refutó Aquilino satisfecho.

Ella no sabía por qué enigma de su propia psique había cometido el atrevimiento de insinuarse de esa manera. Esa no era una actitud propia de ella. No se reconocía en esa frase. Durante la cena la asaltaba una ansiedad insidiosa. Estaba asustada, pero llena de vida y de nuevas emociones.

El cuarto de Aquilino era pequeño. Todo el inmobiliario constaba de una cama individual, un escritorio y una cajonera. Ya ni siquiera luchaba en contra de ella misma. Estaba decidida a sucumbir de una vez por todas. Aquilino volvió a besarla, esta vez con una paciencia y suavidad electrizantes. Fue un beso aleluyático, secretamente esperado por ambos en una espera sufrida y llena de culpas vividas precozmente. Un segundo beso los convenció de que sus bocas ya se habían besado muchas veces antes, en sueños, en pensamientos o en simples evocaciones y suspiros furtivos. Los besos se fueron sucediendo unos a otros con una voracidad creciente; las miradas se miraban a ellas mismas, como queriendo encontrar las respuestas a aquellas preguntas que nunca fueron formuladas. Las caricias se esparcían por sus pieles con virulencia. Aquilino descubría pacientemente la piel de Sofía como si fuera un delicado pergamino plagado de misteriosas consonantes indescifrables. Y se sentía retado a descubrirlo, a desvelar todo su misterio y a extraer el significado de cada vocablo trazado por la mano del mismo Creador. Sofía, por primera vez en su vida, sentía que su cuerpo era algo más que un simple cuerpo, las caricias recibidas la hacían sentir como un ser único que yacía oculto, en la penumbra de los sentimientos. Era necesario un verdadero arqueólogo que sacara a la luz todas las maravillas que ella misma no conocía de su propia piel. El último abrazo antes de dormirse fue el culmen de aquél pandemio precipitado. Esa noche ella no pudo dormir. 

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