Jesús Vs. Juan


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Aquél silencio duró solo unos cuantos segundos, pero parecieron toda una eternidad. Muchos seguramente pensaron para sí:“Ya viene otro mentiroso a cantarnos la misma canción”. El arresto de Juan el Bautista estaba aun en la retina de los ojos de la gente y sus palabras muy frescas. Pero las ideas liberadoras de Juan parecían haber fracasado, como las de tantos otros. Jesús aprovechó el arresto de Juan para hacer su aparición y marcar diferencias.

  •  ¿Afuera o adentro? Una de las diferencias más notorias era la ubicación geográfica de cada uno de los anunciantes. Juan actuó siempre como profeta del desierto (Mc. 1:3-4, Jn. 1:23, la palabra eremos indica una tierra deshabitada) mientras que Jesús actuó siempre en tierra habitada. Ambos se encontraron en una zona fronteriza formada por el río Jordán, lugar por donde, según la tradición, Israel había entrado a la tierra prometida (Jos. 3:4). El desierto desde donde actuaba Juan marcaba una frontera tanto geográfica como simbólica ya que se anunciaba la llegada del Reino desde fuera de la tierra prometida. Esto resaltaba el hecho de que esa tierra les había sido quitada. El anuncio de Jesús se daba de forma también simbólica pero desde dentro de la tierra habitada y cultivada, afirmando el cumplimiento de la promesa.
  •   ¿Hoy o mañana? El anuncio de Juan se planteaba en forma de expectación, proyectando sus palabras hacia el futuro, augurando la inminente llegada de la liberación por medio de una intervención divina. Por su parte Jesús anunciaba el Reino ya no como expectativa sino como una realidad oficialmente inaugurada, que debía crecer como la planta de mostaza (Mt. 13:31-32) o como la levadura (Mt. 13:33). Para Juan había que esperar, para Jesús el tiempo había llegado.
  •   ¿Juicio o perdón? Juan anunciaba el gran juicio de Dios sobre todos aquellos que no se arrepintieran. Pensaba que era imposible que se cumplieran las profecías si Israel no cambiaba su conducta. Jesús anunciaba algo totalmente nuevo y diferente ya que proclamaba la llegada de la salvación gratuita para todos.
  •   ¿Juntos o separados?Juan predicaba desde el desierto, simbolismo de lo separado (Mc. 1:3-4, Jn. 1:23). Jesús contrastaba eso con su novedosa y solidaria visión de lo unido: Comía y bebía con los excluidos (Mt. 11:19), perdonaba pecados (Mc. 2:10) e interpretaba el sábado como una oportunidad para mostrar amor y solidaridad entre todos los seres humanos (Mc. 2: 23-28), todo esto sin ejercer dominio sobre nadie ya que no tenía dónde recostar su cabeza (Mt. 8:20).

La fe propuesta por Jesús era diferente a la de los que no habían creído a Juan, pero también era diferente de la fe de los que si lo seguían. Antes de ser ejecutado Juan estaba reunido con sus discípulos en la cárcel. En algún momento de sus conversaciones alguno de ellos tocó el tema de Jesús. Su fama de profeta poderoso se estaba extendiendo rápidamente por toda Judea e incluso más allá (Lc. 7:17). Dialogaron preocupados. Algunos decían que Jesús sí era el hombre que habían estado esperando, otros decían que no. Cada uno exponía sus argumentos con vehemencia. Juan empezó a dudar. Los que rechazaban a Jesús proponían continuar con el trabajo de su maestro (aun en su ausencia) y oponerse al falso profeta; los demás, ahora solo un puñado, proponían unirse a Jesús. La conversación se convirtió en disputa. Notoriamente afligido Juan resolvió enviar a dos de sus discípulos a entrevistarse con Jesús. Ellos debían determinar la veracidad o falsedad de su mensaje (Lc. 7:18-19).

Durante aquella entrevista sucedieron cosas extraordinarias. Jesús, en presencia de los dos entrevistadores, se lió a sanar enfermos. Lo más sorprendente era que aquellas personas no habían sido bautizadas, no habían sido piadosas e incluso no habían mostrado signos de arrepentimiento. Para mayor escándalo de los dos espías, el entrevistado parecía afirmar con sus actos que el único requisito necesario era una fe libre y genuina.

– Vayan y díganle a Juan lo que vieron. – Sugirió Jesús como quien, de forma diplomática, pone fin a una conversación que ya no le interesa extender.

Escandalizados y más confundidos que antes, los dos hombres emprendieron su camino. Se alejaban lentamente, sumidos en una especie de sopor, producto de privadas cavilaciones.

– Y recuerden, los que no se escandalizan de mí, serán muy felices. – remató el artesano a la distancia sellando sus palabras con una sonrisa socarrona.

Si los dos hombres volvieron a ver a Juan, nadie lo sabe. Tampoco se sabe la reacción del profeta del desierto, tristemente encarcelado y, poco después, ejecutado. Lo que sí es patente es que, a partir de ese día, los discípulos de Juan determinaron hacerles la guerra a Jesús y a todos aquellos que lo siguieran. El grupo de Juan hacía honor a su maestro, que era más parecido a un político loco. El efecto de la separación, casi inmediato, fue la diferenciada transformación que tuvieron los seguidores del nuevo profeta que predicaba desde dentro y unido a la gente. Jesús era un ciudadano más normal, actuaba con más diplomacia. Era un campesino, como la mayor parte de quienes ahora lo escuchaban hablar, pero su oficio lo había convertido en una persona bien cultivada, versada en ciencias y letras.

Ambos grupos vivían la fe de una forma muy distinta. Esto quedó patente cuando alguien le preguntó a Jesús acerca del ayuno, comparando a sus discípulos –que no ayunaban- con los de Juan y los Fariseos –que practicaban un ayuno penitencial- (Mc. 2:18-22). Para Jesús la nueva fe debía ser más gozosa porque evidentemente el tiempo del amor y la libertad había llegado. Lo viejo había terminado, ahora empezaba lo nuevo (vv.21-22).

En definitiva, Jesús propuso una fe diferente. La diferencia estriba, sobre todo, en el contraste entre una fe pasiva, acomodada al statu quo, y la fe activa, dispuesta a actuar confiadamente, a pedir confiadamente y a esperar activamente porque sabe que Jesús está a la mano, como la fe de la mujer con flujo de sangre (Mc. 5:28). Las personas que abrazaron esta nueva fe, lo hicieron porque habían desarrollado una gran confianza en la bondad (amor) y el gran respeto que sentía Jesús por ellos como personas y ya no solo como miembros de un colectivo. Ahora ellos mismos eran objeto del amor de Dios, aun si no pertenecieran al pueblo escogido, o a las categorías de “merecimiento” social y religiosamente establecidas. La nueva fe se generaba en el creyente al sentir la realidad de un Dios que lo amaba y que también lo respetaba como individuo. Todos soñaban con un día en que recuperaran la dignidad, un día sin hambre y sin miedo. Todos soñaban con la llegada de la era del amor y del respeto. Ese día había llegado.

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3 Comments

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  1. Siempre se ha dicho que las comparaciones son odiosas….pero en este caso, cuánta paz y tranquilidad me da apreciar este contraste. Qué dicha que Dios se manifestó en Cristo y que reino tan diferente vino a inaugurar….

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