El terapeuta del feligrés.


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La puerta del consultorio permanecía cerrada, imperturbable. En la salita solo estaban 3 personas. Un joven se esmeraba nerviosamente por ordenar algunos papeles, era el secretario.  Estaba sentado en un austero escritorio en una de las esquinas del salón y justo debajo de una pequeña acuarela enmarcada ostentosamente. Cada vez que el joven secretario se levantaba golpeaba con su cabeza la acuarela e, inmediatamente, la recolocaba a nivel, en un movimiento que ya parecía rítmico.

En la otra pared había una banca larga. Ahí estaban ellos dos. Serios, ella de brazos cruzados, él con el ceño fruncido. Aguardaban en medio de un silencio que parecía haber estado ahí desde hacía eternidades. No parecía molestarles el silencio, pero sí la espera.

En realidad ninguno de los dos quería estar ahí. No había mucho ánimo de volver a intentarlo. Hacía demasiado tiempo que las cosas estaban mal entre ellos y ya cada uno había aprendido a vivir la vida así. Estaban resignados. Era una resignación de siglos envuelta en una aparente serenidad. -¿Para qué vamos a volver a escarbar en los vericuetos de esta relación?- pensaba él frunciendo el ceño con más severidad.  –Hoy sí que no me voy a guardar nada- pensaba ella con aquellos ojos bien abiertos cuyas pupilas parecían mirar a través de la puerta del consultorio.  

-Pasen– Dijo el terapeuta con una animosa sonrisa que lo incomodó a él. -Parece que vamos a tener un terapeuta graciosito- refunfuñó.

Una vez estuvieron dentro y habiendo tomado cada uno su asiento, el terapeuta los miró por unos segundos como examinando, sin dejar, eso sí, de sonreír, con esa sonrisa amistosa y despreocupada que seguía molestándole a él.

-Cuéntenme por qué están aquí –Inició el terapeuta.

Ellos se miraron uno al otro y, sin dejar pasar ni medio segundo, empezaron a hablar al mismo tiempo. Al parecer era algo normal. Ambos hablaban a la vez, sin reparar en lo que decía el otro.

De inmediato intervino el terapeuta, a manera de árbitro. –A ver, creo que sería mejor si habla uno a la vez, ¿qué tal si comienza usted?- Dijo, señalándola a ella con el meñique de la mano derecha. Este gesto lo molestó aun más a él, no solo porque le estaba cediendo la palabra a ella, sino porque le parecía demasiado extraño que utilizara ese dedo para señalar. De pronto percibió algo así como una cicatriz en la muñeca del terapeuta. –Debió haber sufrido algún accidente, eso podría explicar el gesto tan inusual- meditó.

-Infidelidad, esa es la palabra, me ha sido infiel tantas veces que hemos perdido la cuenta. Y no crea usted que así fue siempre, no. Al principio todo era perfecto, pero uno de tantos días él decidió vivir una doble vida… una vida hipócrita, como le digo.

Justo en el momento en que ella hizo una diminuta pausa para masticar las siguientes palabras, él se irguió con imponencia y empezó a lanzar las suyas.

-Usted podrá comprender, señor terapeuta, que lo que ella acaba de decir no tiene ni un pelo de verdad. Yo no me considero infiel. Lo que pasa es que ella es una paranoica, está enferma de celos y me ha intentado vigilar y controlar desde que la conocí. Al principio yo pensé que así debía ser. A fin de cuentas yo necesitaba un hogar, amor, calor y ciertas líneas de comportamiento. Yo pensaba que era correcto porque estaba enfermo y muy necesitado. ¿Puede usted creer que ella quería controlar hasta mis pensamientos? Para ella todo es pecado, hasta lo que no ha ocurrido aún. Vive pensando en lo que yo hago y en lo que debo dejar de hacer. Quiere que me vista de determinada manera, quiere que hable usando palabras de domingo. Me persigue…

-¿Cómo no voy a estar celosa y controladora, si él no logra vivir una sola semana sin caer en tentación?

-¿Tentación?

-Si, porque su mente está llena de lujuria.

-Y eso es otra cosa señor, ¿Cómo se llama usted? Bueno, luego me dirá.  Para ella el sexo es pecado, todo es lujuria y suciedad.

-¡No señor! Yo no pienso que el sexo es pecado, lo que pasa es que hay que usarlo para lo que fue diseñado, para la procreación.  Eso de andar usando anticonceptivos o tener sexo por tener sexo no va conmigo. Y bueno, quizás sí me he vuelto algo controladora, pero eso tiene una razón ¿Cómo no sentirme insegura si yo sé que él es un libertino?

El terapeuta levantó ambas manos haciéndoles entender que quería decir algo. Pero en ese instante él observó que la cicatriz que había visto en la muñeca derecha, también estaba en la izquierda. –Parecen señales de tortura- Pensó él sorprendido.

-Comprendo la situación, pero quisiera permitir que termine de contar su visión de las cosas- Habló pausadamente mirándola a ella. –Así que quisiera solicitarle que no la interrumpa hasta que ella acabe-.

-¿Interrumpir? ¿yo? Pero si ella nunca me ha dado la oportunidad de expresar lo que pienso. Vive en un eterno monólogo. Cree que nunca se equivoca y además no pide perdón cuando hace daño.

-¡Mentiroso! Siempre has sido un mentiroso. Me prometiste fidelidad, los has hecho miles de veces, pero no cambias.

-Mira quién habla de mentiras y engaños. Toda la vida has mentido… en el 64, por ejemplo, cuando me enviaste aquella hermosa carta con tantas y tan bellas promesas de amor. La llamaste Unitatis redintegratio. Qué hermosas palabras: Unidad y reintegración. ¿Pero qué de todo eso? ¡Nada! ¡Cero! Solo palabras. ¿Y la del 65? La llamaste hermosamente Gaudium et Spes. La verdad, señor terapeuta, es que estoy harto. Ella y toda su familia me tienen cansado.

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-¿Mi familia?

-¡Claro! ¿Dónde dejas a tu hermana gemela? La que está casada con mi primo. El pobre vive siempre dando y dando dinero a la espera de que ella cumpla sus promesas. Lo peor de todo es que lo tiene como hipnotizado con eso de la prosperidad.

-¡Ella ya no es mi hermana! Se separó de nuestra familia hace mucho tiempo y no se ha querido reconciliar. Nos dejó por un tal Lutero.

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El terapeuta miró el reloj que tenía en la muñeca izquierda y dejó ver, una vez más, esa honda cicatriz. –Se nos acabó el tiempo por hoy, nos vemos en una semana. 

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One Comment

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  1. Excelente y magistral Jose. Imaginaba que iba por ahí el tema, de hecho lo vivimos a diario y parecería que no dejamos nunca a l terapeuta intervenir….

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