Las palabras más difíciles.


La primera vez que visité Zacatecas quedé deslumbrado por La Bufa. Un cerro ubicado al este del centro de la ciudad histórica, escenario en el que el 23 de junio de 1914 se dio la Toma de Zacatecas. Las tropas revolucionarias del general Francisco Villa derrotaron al ejército huertista, definiendo el destino que tendría toda la nación mexicana.

Zacatecas es una ciudad llena de vida, arte, contrastes, sabores, colores y violencia. La vida parece transcurrir lentamente, casi estática. Todo parece flotar en el aire polvoriento de la orografía semidesértica. Aquella primera vez también visité Fresnillo, un municipio zacatecano a unos 45 minutos al norte de la capital del Estado. Fresnillo es el municipio más grande y de mayor importancia económica de todo Zacatecas. La vida fresnillense es alegre, sus gentes amables y hospitalarias. Aquella primera vez me habían invitado a dar charlas en la Conferencia Nacional del Movimiento de La Viña. Conocí muchas personas, pero solo dos marcaron mi vida de una forma especial. Walter González (músico de La Viña y futuro fundador de Interludio) y Marius Büehlmann (charlista suizo que también había sido invitado a la Conferencia).

A partir de aquella Semana Santa del 2006 he visitado Zacatecas todos los años (excepto 2009). La primera vez visité Fresnillo con la libertad del soltero, la segunda vez llegué comprometido con Laura, la tercera vez llegué casado y bien acompañado de mi esposa, la cuarta me llevó con una fuerte ilusión de ver a Laura embarazada (ahí compré, por fe,  el cochecito que sería de Santi, nuestro primogénito) y, en esa misma cuarta vez, nos embarazamos de Interludio México.  Para la quinta vez ya era padre de un hermoso bebé “güerito” y celebramos el primer aniversario de Interludio México.

Llegada la sexta visita nos fuimos toda la familia. Laura, Santi (de 16 meses) y yo llegamos para celebrar el segundo aniversario de nuestra familia interludiana de Fresnillo. Una familia fascinante que amamos entrañablemente. Interludio en México tiene un sabor especial, un calor especial y un mover especial. Walter y Doris (porque Walter también era soltero aquella primera Semana Santa del 2006) son un matrimonio sumamente valiente y emprendedor. Se han convertido en nuestros compañeros de sueños y aventuras. Hemos llorado juntos y hemos triunfado juntos. Hemos visto cómo crecen nuestras comunidades y hemos aprendido, sobre la marcha, a crear un Movimiento, que ya es internacional, que propaga un cristianismo sencillo, natural y sobrenatural a la vez, abierto, reconciliador, integrador y diverso.

El contraste entre el amor y la calidez de las personas zacatecanas y la inseguridad y la violencia crecientes nos consterna. Hay en el aire un no sé qué, algo así como un latir impasible, un murmullo resignado y asustado a la vez. Cada vez que pasamos por un peaje podemos ver las fotografías de los desaparecidos. Un cuadro que nos deja mudos y pensativos, no importa cuántas veces contemplemos atentamente aquél triste collage creciente de rostros cobrizos que ya no están, al menos no aquí, con sus familias.

En Fresnillo, he tenido una de las experiencias más reveladoras de todo mi peregrinaje teológico. Casi 15 años de recorrer tierras férreas e iridiscentes, tropicales y australes, casi toda Latinoamérca, con todas sus contradicciones, sus pompas, sus pudores y vergüenzas . He dado charlas en las condiciones más variopintas imaginables. Pero este año en Fresnillo algo cambió mi teología para siempre.

Era ya tarde por la noche. Estábamos cansados. Conversábamos distendidamente mientras cenábamos. Más temprano habíamos pasado algunas horas haciéndo turismo en el casco antiguo de Zacatecas. Yo había conducido los 61 kilómetros hasta Fresnillo. De camino nos topamos con un fuerte operativo militar. Yo no sabía qué hacer, si frenar, acelerar o girar en U. Los soldados se acercaron, nos escrutaron atentamente con sus rostros gélidos cubiertos con pasamontañas negros, cual burka musulmana. Nos vieron y nos dejaron ir. Quizás por eso, al sentirnos ilesos, es que la cena transcurría tan festivamente. A las 10:00 sonó el teléfono de Walter. Había muerto el papá de un hombre de Interludio. La familia quería que yo oficiara una pequeña ceremonia durante la vela.

Nos encaminamos hacia la pequeña casa donde derramaban sus lágrimas los recién enterados dolientes. Hacía un viento fresco, pero no helado. Entramos a la salita, los sollozos lo cubrían todo. Empecé a liberar palabras con el mismo cuidado con el que un cirujano mueve sus instrumentos durante una operación. Minutos después de haber dado inicio a mi delicadamente hilvanada homilía, escuchamos el estallido metálico de 2 o 3 balazos. Continué hilvanando esperanzas en medio de tantos corazones desesperanzados. Pero las detonaciones continuaron, crecieron hasta convertirse en un enjambre. Luego llegaron los retumbos de las granadas y el sonido efervescente de motores desesperados. Los rostros bañados por las lágrimas de la partida, la urgencia de las balas y los motores, mi discurso entrecortado, mi teología en plena metamorfosis.

¿Esperanza? ¿Paz? ¿Fe? ¿Biblia? ¿Iglesia? ¿Dios? ¿Jesús? ¿Espíritu Santo? ¿Dogma? ¿Cielo? Muerte. Nuestro mundo tiene sed de otra teología, esa que ya no es inocente, la que tiene una fe enrojecida por el llanto, la que se ha roto una y mil veces, la teología que sabe que hay fracaso. La teología muda que da consuelo sin palabras ni construcciones. La teología verdadera se encuentra en los libros pero se vive en las calles.

Fresnillo este año fue mi escuela.

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2 Comments

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  1. Walter González Holguín 22 de septiembre de 2012 — 4:58 pm

    Gracias por permitirnos caminar a tu lado y el de tu familia durante este tiempo, ha sido una experiencia llena de gozo, lagrimas y dolor pero cada día que estoy en comunidad, en nuestra comunidad Interludio, sé que ha valido la pena…

  2. David Exso Espinosa 11 de abril de 2013 — 4:12 am

    Gracias por compartir esto, muy buenos y malos momentos haces recordar, pero en ellos crece la Fe, para seguir adelante.

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