Del pastor y otros demonios.


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Mucha mitología se ha elaborado sobre la vocación y la labor pastoral. El ideario colectivo ha abrazado una desfigurada concepción acerca de cómo es o debe ser la vida del dirigente religioso de tiempo completo. Desde la idealización enfermiza, hasta la crítica solapada (y abierta); desde la veneración personal, hasta la relación de servidumbre a la que son sometidos muchos pastores.

Y es lógico que no siempre fue así, como hubiera dicho al respecto Mateo (cf. 19:8). Poco a poco el concepto y oficio pastoral han experimentado una triste metamorfosis.  Pasó de ser un cargo de servicio voluntario, convocado por Dios, tomando como modelo a Jesús (Mateo 20:28), a ser un cargo de poder ocupado por un ser humano (casi siempre hombre) al que hay que obedecer ciegamente y servir en pro del desarrollo de su visión personal.  (Cf. Mateo 23:4).

El fenómeno se ha extendido de forma virulenta. El modelo de pastor al que se aspira corresponde más al de un CEO de una gran empresa que al humilde amigo de Dios que va al frente de una comunidad ( Juan 15:14-15). Lo importante aquí no es la forma de la iglesia, su tamaño, si sus instalaciones son enormes o pequeñas, si poseen escenarios con iluminación y un sonido de alta calidad. Hay iglesias enormes que practican una sana eclesiología. Lo pertinente es la forma en que la iglesia ve a su pastor y cómo éste ve a la iglesia.  De vez en cuando encontramos algún pastor que no encaja en este nuevo modelo, pero éste sufre rechazo y discriminación porque, contrariamente de lo que se podría suponer, las personas buscan pastores llenos de orgullo y egolatría.

Encuentro al menos nueve principales promotores de este estilo de liderazgo cristiano. Ellos han influenciado las estructuras del mundo evangélico más allá de lo que podríamos imaginar.

El primero que quisiera mencionar es Essek William Kenyon (Nueva York 1867-1948). Una de sus ideas se resume en la frase “El Creyente es una encarnación tanto como lo fue Jesús de Nazaret” (The Father and the family, 1964). Kenyon empezó siendo metodista, pero pronto tomó su propio rumbo. Comenzó un programa radial llamado Kenyon’s Church of the air. Los programas se transcribían y recopilaban en libros. Muchas de las frases dichas en aquel programa se convirtieron en una especie de verdades espirituales cada vez más asimiladas acríticamente. Por ejemplo, una de las más famosas y peligrosas fue “Lo que confesamos, eso obtenemos” (The hidden man, 1970).  La declaración inicial, en la que Kenyon compara al hombre con Jesús en su encarnación, dio inicio a lo que hoy conocemos como el Movimiento de la Fe. Es ese cristianismo obsesionado con lo que declara, lo que ata o desata, lo que reclama a Dios y que, le roba gloria a Dios, adjudicándosela al ser humano. Este fue el inicio de una pastoral desfigurada, que terminó por transformar al líder en una pequeña “encarnación de Dios”.

El seguidor más famoso de Kenyon fue Keneth Hagin (Texas 1917 – 2003). Una de sus frases más reveladoras “El hombre fue creado en términos de igualdad con Dios, podría estar en la presencia de Dios sin sentirse inferior”. Hagin cuenta una extraña historia en la que se encontraba conversando con Jesús y, de repente, apareció un demonio en forma de mono que empezó a estrangular a Jesús mientras decía “chákara, chákara, chákara”. Entonces Hagin le cerró la boca al mono en el nombre de Jesús, a lo que Jesús mismo le dijo: “Si tu no hubieras hecho algo, yo no podría haber hecho nada” (Zoe, p. 49).

El discípulo de Kenyon lleva la extravagancia a un nivel más alto e inusitado. Ahora los pastores, los elegidos de Dios, son iguales a él y hasta pueden salvar al mismo Jesús de un ataque demoniaco. Toda esta desviación ha provocado un énfasis desmedido en las experiencias paranormales, en al poder del hombre sobre las cosas, la economía, la enfermedad, los demonios y sobre la voluntad misma de Dios. Es por eso que millones de cristianos piensan que estar enfermo es un síndrome que padecen las personas carentes de fe o llenas de pecado, que ser pobre es sinónimo de falta de fe y que absolutamente todo lo que declaremos Dios, automáticamente, deberá concederlo.

Kenneth Copeland es, en la cadena de seguidores, el nieto de Kenyon e hijo de Hagin. Esta sucesión escalonada cada vez añade nuevas ideas al concepto de pastor, ungido, líder y de cristiano en general.  Copeland introduce un nuevo concepto que tiene que ver con lo que vemos o, más bien, con lo que quisiéramos ver. El dice que cada creyente puede dar existencia a lo que dicen sus palabras. Un yate o una casa. (Inner image of the Covenant, 1985). También dice que “Cualquier imagen que usted tenga en su interior, que sea tan real que cuando cierra sus ojos, sucederá” (Ibid).  Y continúa “Usted toma la Palabra de Dios y construye una imagen en su interior sin tener piernas paralizadas, sin ser ciego, usted se ve a sí mismo saltando de esa silla de ruedas, pintará eso en el Lugar Santísimo y usted, saldrá de ahí”. (Ibid).

Y aunque nos parezcan demasiado aventuradas esas declaraciones, han llegado hasta nosotros en formas que podemos aceptarlas como verdades bíblicas y como prácticas cristianas sanas. No es de extrañar que pensemos que un buen cristiano debe cerrar los ojos, imaginar lo que necesita con fe, creer en la fuerza de la fe y esperar que Dios haga caso a sus órdenes. Sabemos que Dios concede lo mejor a sus hijos (Mateo 7:9-10), sabemos claramente que Dios sana enfermedades y resucita muertos, sabemos que Dios puede prosperar a una persona, una familia o una empresa. Pero no porque nosotros seamos demasiado santos, demasiado buenos o seamos del mismo tamaño de Dios. Nos hemos convertido en los jefes de Dios. Unos jefes despiadados que le ordenamos todo tipo de cosas y desdeñamos a todos los demás creyentes que actúan con humilde adoración mientras padecen enfermedad, aflicción o pobreza.

El siguiente en la lista es más conocido por casi todos. Se trata de Benny Hinn. Nieto espiritual de Hagin e hijo de Copeland. La idea de que somos Dios o, al menos, Cristo mismo, continúa en una especie de eslabones. Hinn afirma que “Cuando usted nació de nuevo, la Palabra fue hecha carne en usted. Y usted se convirtió en carne de su carne y hueso de sus huesos. No me diga que usted tiene a Jesús. Usted es todo lo que el era, y todo lo que es y será” y continúa: “ No diga yo tengo, diga yo soy yo soy yo soy .  Nunca diga yo soy un pecador la nueva criatura no es pecadora”.

Con la llegada de Benny Hinn, muchos de nosotros presenciamos a ese ser humano que exige ser el único vestido completamente de blanco en todo el enorme escenario, repleto de pastores, ayudantes, un enorme coro, camarógrafos y técnicos. Nadie puede vestirse de blanco. Asistimos entonces a la transfiguración de un pastorado al estilo de, Jesús que se confundía con todos sus discípulos, porque vestía igual, hablaba igual, comía igual… vivía igual (Mateo 26:49), a un pastorado de élite que debe ser diferenciado en todo. Pasamos de un modelo de humildad y desprendimiento (Filipenses 2:7) a un liderazgo ostentoso.

En la línea sigue un pastor llamado Joel Osteen. Es el pastor de la prosperidad por antonomasia. Vuelvo a decir que lo realmente importante no es la cantidad de fieles que asisten a una iglesia, el tamaño del edificio o las facilidades de las instalaciones. La iglesia Vineyard en Columbus es considerada una Mega iglesia, pero con una saludable teología y una vida en comunidad real. Lo que nos ocupa es la teología que ha eclipsado la figura del pastor y la ha revestido de una gloria alienante, ha predicado, como verdades, ideas que no encajan con la teología bíblica en lo absoluto. Para muestra un botón: “Sus palabras tienen un enorme poder creativo. En el momento en que usted dice algo, le da naciemiento. Es un principio espiritual, funciona a pesar de lo que usted esté diciendo sea bueno o malo, positivo o negativo” (Your best life now, 2004).

En la misma línea podemos citar a Joyce Meyer, Johnn Hagee, Morris Cerullo, y Cash Luna en Latinoamérica. Así completamos nuestra lista de las 9 personalidades de referencia que han impulsado un concepto de liderazgo cristiano y de cristianismo que se encuentra hoy muy alejado del modelo bíblico.

John Wimber, el fundador del Movimiento de La Viña, es un ejemplo que contrasta con todo esto. Fue un hombre que también predicó sobre la sanidad divina y los encuentros de poder. Pero desde una perspectiva más sencilla, basada en la teología del Reino. Wimber fue interrogado por un creyente antes de una enorme e histórica reunión de sanidad en el Reino Unido. El hombre le preguntó que cómo se preparaba para cada campaña de sanidad. John le respondió que bebiendo una Coca Cola dietética. Esta respuesta fue tomada como una gran falta de respeto y de espiritualidad, publicada en libros, periódicos y revistas. Wimber fue criticado y menospreciado porque no quiso convertirse en una figura idolatrada. Decía de sí mismo: “Solo soy un gordito que intenta llegar al cielo”. Wimber también fue duramente criticado por tener una estrecha relación con movimientos católicos y anglicanos. Si tuviera que brindar una referencia que contraste verdaderamente con el modelo de pastorado descrito más arriba, me atrevería a sugerir a John Wimber. Un hombre que no temía publicar sus debilidades, sus pecados, su arrepentimiento y sus temores.

El pastorado que no es de servicio se convierte en un demonio dentro de la iglesia. Engaña a muchos, vive para sí, se interpone entre el ser humano y su redentor, convirtiéndose en el mediador (¿Médium?), el portador de las palabras irreprensibles, infalibles e irrevocables, de origen divino.

Necesitamos más pastores sencillos, humildes, de carne y hueso, que sufren, lloran, se empobrecen o se enriquecen de forma sencilla, pecan, fallan, se arrepienten, se corrigen, vuelven a intentarlo, piden perdón y aman imperfectamente.

Nota: Muchos de los datos referentes a los personajes citados fueron obtenidos del libro “Cristianismo en Crisis” de Hank Hanegraaf. Las críticas a John Wimber se pueden encontrar en el libro de John F. MacArthur “Los Carismáticos, una perspectiva doctrinal”.

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3 Comments

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  1. Qué bueno es poder leer acerca de cosas que en algún momento he pensado (y vivido) y que no me atrevo a comentar con absolutamente nadie. Pude ser testigo de un dirigente de este tipo de nuestra tiquicia presumir por andar un rolex, cuando estábamos en la mismísima Tierra Santa. Qué sensación de vanagloria pude experimentar….cuánto tenemos que aprender de la humildad y la mansedumbre….cuán imperfectos somos….!

  2. Muy bueno ,muchas gracias por tus escritos.

  3. Muy bueno Jose, abrazos…

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