Una iglesia sin zapatos.


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El pasado 1 de junio y por tercer año consecutivo, nuestra Comunidad (www.interludio.org) tuvo la experiencia de descalzarse por un día.  Cientos de pares de zapatos fueron donados. Muchas personas que no tienen más opción que caminar descalzos recibieron uno o dos pares, sobre todo niños.

Nosotros nos descalzamos por solidaridad y por elección. Pero comprendimos que muchos se descalzan sin elección. Para nosotros fue un día sin zapatos, para ellos es una vida sin dignidad. Y es que el calzado, en nuestra sociedad, es símbolo de dignidad.  Sabemos que una de las primeras cosas que pierde una persona que entra al duro mundo de la calle son sus zapatos.  Los zapatos son coleccionados por muchos de nosotros, afición casi genética para las mujeres, una obsesión para ellos.

Hablamos de ellos, pero ellos somos nosotros mismos. Cada vez que un niño o una niña debe caminar sin zapatos, una buena parte de nosotros mismos anda descalza.

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El problema es que no nos sentimos descalzos, ni indignos, ni solidarios, ni misericordiosos.

¿Qué es un día? ¿Qué es un par de zapatos usados? ¿Qué realmente significa limpiar un par de zapatos viejos, ponerlos en una bolsa, llevarlos en el carro y donarlos en la iglesia?

En el fondo no es mucho y lo sabemos. Pero es un buen inicio. Nos anima ver tantos zapatos juntos listos para ser donados. Nos impacta lo que podemos lograr al unirnos por una causa y aportar todos un grano de arena. Me pregunto: ¿Si eso sucede con un día qué podría suceder si lo hiciéramos todo el año?

La idea de “Un día sin zapatos” se origina en la mente del dueño de la fábrica de zapatos TOMS Shoes, Blake Mycoskie. Él comenta directamente:

“Creo que a veces nos olvidamos lo que tenemos, y en ocasiones es importante recordárnoslo a nosotros mismos. La mayoría de las personas no se dan cuenta de cuántos niños en los países en desarrollo crecen descalzos y todos los riesgos, las infecciones y las enfermedades que sufren … Quería que todos entiendan personalmente el impacto de los zapatos, y la diferencia que pueden hacer, así que pensamos, “¿Por qué no hacerse una idea de lo que estos niños pasan todos los días?”

 

La idea de Mycoskie es retada con severidad por una joven llamada Saundra Schimmelpfennig, autora del Blog llamado “Las buenas intenciones no son suficientes” (http://goodintents.org/).  Ella sugiere realizar Un día sin dignidad.

Si quitarnos los zapatos por unas horas, unos minutos, unos instantes y exponernos públicamente nos hace sentir vulnerables y nos sensibiliza temporalmente ante tanta necesidad ¿Qué pasaría en nuestra vida, nuestra iglesia, nuestra sociedad si por un día nos despojáramos de toda nuestra dignidad?

Las iglesias normalmente hacen obras de caridad. Sus miembros se unen a algunas causas, por un día o por un tiempo.  ¿Podemos ir más allá?

Me impresionó la historia de Kanhaiya Kumari. El nació en prisión, su madre había sido encarcelada en 1993 (con 5 meses de gestación) y condenada a cadena perpetua por su relación con el asesinato de un vecino.

Un año después le concedieron la libertad bajo fianza. Pero ninguno de sus familiares quiso ayudarle a pagar los $172 que le darían la libertad.

Al cumplir 6 años de edad, Kanhaiya fue llevado a un centro juvenil, su madre quedaba en prisión. El niño creció con el objetivo de liberar a su madre.  En 2012 lo liberaron y se dispuso a conseguir trabajo. Día y noche trabajó incansablemente hasta reunir los $172. 19 años después de haber perdido la libertad (aún habiendo recibido la libertad condicional), la madre de Kanhaiya recobró su dignidad en libertad. Su hijo, nacido en prisión pagó su fianza.

Muchas personas permanecen sin dignidad, podrían recobrarla, pero sus familiares y congéneres humanos, se han olvidado de ellos.

Hay muy pocos Kanhaiya que qiuieran perder su propia dignidad por un tiempo, para otorgar dignidad y libertad a otro ser humano.

Jesús se despojó de sí mismo, dejó su calzado de rey y adquirió la indignidad de un asesino. Se acordó de nuestra causa perdida, pagó nuestra fianza.

No solo se quitó los zapatos, también entregó su dignidad para que no la perdiéramos nosotros.

Una iglesia sin zapatos es una iglesia que ha dado un primer paso, ahora necesitamos una iglesia sin dignidad. Que se ensucie, que se despoje de su candor, de su corona, de sus butacas y pantallas; que entregue su dignidad para parecerse más a su líder, su único líder: Jesús.

 

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