¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?


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Raymond Carver escribió una serie de relatos titulada “¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?”, colección publicada en 1976. En ella encontramos un relato conmovedor que lleva por título “Nadie decía nada”.  Es un niño que, al escaparse de la escuela, logra pescar un Bigfish que le lleva emocionado a sus padres. Pero al llegar a casa, los encuentra enfrascados en una pelea de pareja mientras escucha un grito que le ordena que tire esa porquería al basurero. Su deseo de que le dijeran algo sobre el botín nunca se cumple, nadie dijo nada.  Por un instante, solo un minuto, los padres dejan de pelear entre ellos, pero resulta en un regaño conjunto, se unen para reprenderlo.

Este relato siempre me hace pensar en mi niñez. Pero hoy me hace pensar en todos nosotros. Todos queremos ser escuchados de alguna manera y, también, en el fondo, todos anhelamos que alguien hable de nuestro Bigfish, aunque vez tras vez, nos pidan que lo lancemos al basurero como porquería.  Como niños grandes nos quedamos esperando que alguien diga algo, que alguien logre detenerse un segundo a pensar en la odisea que nos ha llevado a lograr la hazaña de pescar un gran botín que queremos compartir con todos. Sin embargo sucede, como en el cuento, que nuestro Bigfish hace brotar regaños y preocupaciones entre algunos,  regaños que son entonados en coro.

La mayoría de nosotros tiene pasiones, esas cosas de la vida que nos hacen trasnochar de emoción o esforzarnos en estudiarlas con asiduidad rayana en la obsesión. Para algunos es el deporte, para otros el arte; hay algunos que se apasionan por los animales, por defenderlos, otros se apasionan por la física, la química, los negocios, la espiritualidad, la literatura.  Y, cada uno, a su manera y en respuesta a su pasión, desea compartir su botín preciado con los demás.

En mi caso tengo dos pasiones que viajan conmigo desde mi adolescencia (y quizás desde antes), me refiero a la teología y, con ella, la justicia.  En un cuento que publiqué en 2005 narro, en un personaje ficticio llamado Sofía, una experiencia personal que marcó el inicio de mi periplo en defensa de los más desfavorecidos de mi país, de mi Latinoamérica y del mundo.

“Los lujos en los que había sido criada parecían haberle vendado los ojos a la realidad del mundo. Pero la arrebatadora imagen de aquél teólogo peruano que salió en los periódicos le arrancó la venda de golpe. Asistió a la conferencia que dictó el famoso y controversial teólogo Gustavo Gutiérrez. Sofía sentía que cada una de las palabras pronunciadas por aquél locuaz hombre se le estrellaba por todo el cuerpo, como si una ametralladora la acribillara sin piedad. Era tanto y tan nuevo el dolor que sentía que apenas pudo contener el llanto. Por fin se había abierto la ventana que había estado cerrada durante toda su vida, ahora podía ver el mundo en toda su crudeza y espanto. Aborreció la riqueza desmesurada, sintió náuseas de muchos de sus amigos que apoyaban las guerras injustas (todas las guerras son injustas). Ese fue el momento en que descubrió un sentimiento nuevo que surgió profuso y de golpe desde sus entrañas: la compasión.” (Relatos del Ya pero Todavía No, Al reverso de la Historia).

Se unían en ese momento dos materias que me habían sido predicadas como irreconciliables: La teología y la política.  Ese día hubo boda, se casaban en mi interior toda mi pasión bíblica y espiritual con toda aquella semilla de resistencia contra toda injusticia social. Boda que durará para siempre, matrimonio indisoluble que ha crecido con los años. Se me figura un imposible el divorcio. No puede haber teología bíblica sin la búsqueda incansable de la justicia social. La ayuda al pobre, al huérfano, a la viuda, a los niños, al pecador, el rechazado, al samaritano, al vituperado, al hambriento, al que tiene frío, al que está en la cárcel. Y esta justicia que nos expone la Biblia no la podemos realizar ni encontrar únicamente regalando comida, ropa y baño a los pobres, ni orando por los rechazados, los pecadores o los vituperados. Esa justicia clama por la realización de una mejor sociedad, como la propone Jesús.  Esa justicia Bíblica que se opone al amor al dinero, a la acumulación excesiva y sin mesura (no os hagáis tesoros en esta tierra, no adoren a mamon…) porque donde hay desigualdad y acumulación excesiva, hay hambre, dolor e injusticia.

No se trata de eliminar el anhelo de crecer en lo material, se trata de tener una conciencia del equilibrio, de la mesura y de la justicia. Hay una diferencia enorme entre misericordia y justicia. Mientras la misericordia regala comida todos los días, la justicia cambia el origen del hambre; mientras la misericordia regala monedas, la justicia busca eliminar el origen de la miseria. Es lo que nos proponen Pedro y Juan a la entrada de la puerta La Hermosa. Ellos no regalan la moneda, se dedican a cambiar la condición general que humilla al que pide.

Es así como yo tengo un compromiso con mi teología, con la sociedad y conmigo mismo. Y ese es mi gran pez que traigo a cuestas para compartirlo con todos. Algunos, de repente, me gritan que lo lance a la basura.

Despido esta carta con el anhelo profundo de que sea leída como una confesión sincera y con las mejores intenciones.

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One Comment

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  1. Que genial, me siento muy identificado, muchas veces llevamos este pez que nos apasiona, pero es nuestro compromiso con el prójimo, con nosotros mismos, con el yo.
    Muchas bendiciones.

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