Yo nací con miedo.


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Yo nací con miedo. Esta es una parte de mi historia, una parte importante. Esta es la forma en que llegué a convertirme en quien soy ahora. Yo nací con muchos miedos. Y no me convertí en psicólogo, ni en terapeuta, ni en psiquiatra… me convertí en pastor.

Esta es la pequeña historia de alguien que  mordió el polvo, alguien que llegó al fondo, no una, sino muchas veces.  Una historia simple en la que las cenizas se convierten en semillas y florecen. Esta es mi historia, mi pequeña, corta, sencilla historia, en la que tomé mis propias cenizas y las sembré para que dieran frutos. Hoy vivo de esas semillas.

Yo nací con miedos. Sufrí mucho por mis miedos. Nací observando un micrófono, un hombre detrás de él y un público frente a él. El hombre detrás del micrófono era mi padre. Crecí viendo micrófonos, tarimas, carpas, auditorios, público, podios, púlpitos, escenarios y el sempiterno micrófono y la voz amplificada, emocionada y segura de mi padre, frente al micrófono. Nací con un miedo terrible al micrófono, un pánico terrorífico a hablar en público. Un miedo paralizante a hablar, en cualquier caso.

Mi padre, en cambio, se enfrentaba semana a semana, al micrófono con una seguridad apabullante. Un predicador entregado en alma y cuerpo cada domingo frente a su audiencia. Su voz salía vibrante por los altavoces, en una iglesia, en un gimnasio, en un parque o en una plaza de toros. Fue una escuela maravillosa para mí. Lo observaba detalladamente. Sus gestos, sus movimientos, sus tonos, sus silencios.

Pero yo nací con miedo. No tuve el valor de levantar la mano para pedir permiso para ir al baño o para participar en clase, aunque muchas veces sabía la respuesta. Quedaba sumido en un silencio humillante y lleno de frustración. El miedo me paralizaba, me borraba, me ninguneaba, me desdibujaba… como un niño sin voz, ni luz ni carácter. Como un niño hueco, vacío o inerte. Muchos profesores pensaban que yo no ponía atención, que no me interesaba la clase, o simplemente era un tonto. Lo mismo sucedía con mis compañeros y compañeras de clase. Pensaban que era un enajenado, una nebulosa, una partícula de polvo o, si también, o un niño torpe y tonto.

Una mesa de un restaurante era un lugar atemorizante para mí, una fiesta de cumpleaños (propia o ajena) era una marea de aflicción, un quinceaños, una boda, un partido de futbol, una pregunta cualquiera. Yo nací con miedo, con miedo a hablar. Aunque pródigo en palabras en mi mente, repleto de miedo en mis labios.

Observaba cómo se reían todos y disfrutaban de conversar, pero yo no podía. Reían con los chistes, y yo deseaba contar chistes y hacerlos reír yo también. Pero me ganaba el miedo a contarlo mal, a no lograr que se rieran o a hacer el ridículo y recibir las burlas de todos.

Y, de hecho, recibí muchas burlas por no poder hablar, por el miedo a hablar. Así fue gran parte de mi vida. Ese mismo miedo me robó muchas otras alegrías, hablar con mis padres, con mis abuelos, con mis maestros, con amigos. No era un tipo inseguro, solo tenía miedo de hablar. Nunca pensé que haría lo que hago ahora, nunca creí que seguiría viendo el sempiterno micrófono, pero ahora el hombre que hablaría detrás de él sería yo mismo. Tengo más de tres lustros de escuchar mi voz en los altavoces, de pie en escenarios y frente a los más diversos públicos. Frente a miles de jóvenes (Columbus, Ohio), en teatros, iglesias, gimnasios, parques, auditorios, radio o televisión… sé lo que es ganarme el silencio absoluto y ver cientos de pares de ojos observando con toda atención cada uno de mis movimientos y escuchando cada una de mis palabras. Vencí mi miedo más profundo, mi terror, mi parálisis, mi criptonita. De las cenizas del silencio que me obligaba a parecer un niño tonto e inútil, hoy florecen fuertes y alegres mis palabras semana a semana.

¿Cómo sucedió? Aquí va la pequeña historia. Fue en el año 1998, yo tenía 20 años de edad. Sucedió en San Carlos de Alajuela, en un gimnasio repleto de personas. Mi amigo Alexis Valverde tenía que cantar en ese escenario. Habíamos viajado en autobús unas 5 horas desde San José. Yo me senté en primera fila, dispuesto a escuchar la música de mi amigo. Alexis cantó 10 minutos e hizo silencio. Cuando escuché mi nombre, me levanté por instinto. Alexis me había llamado al escenario a dar unas palabras. Caminé lentamente, mente en blanco. Subí al escenario, me coloqué frente al pedestal, acerqué mi boca al micrófono, levanté la vista, vi el gimnasio repleto. Volví a ver el micrófono, mente en blanco, la voz no salió. Nada, cero, vacío, silencio. Regresé a mi silla sin haber articulado una sola palabra frente al micrófono y escuchando un huracán de chiflidos y risas. Me senté, pálido, humillado, expuesto, fracasado, enojado, furioso, derrotado.

Esa tarde me hice una promesa: Nunca más me quedaría callado frente a un micrófono. Nunca más mi miedo me volvería a humillar… jamás.

Esa misma noche Alexis me llevó a un restaurante. Música trova y lectura de poesía. Había un micrófono y yo cargaba mi libreta de poesías. El tocó guitarra, yo leí mi poesía… y rompí el hechizo, amé mi voz, mis palabras, el micrófono. Amé pronunciar, decir, contar, palabra por palabra. Me amigué con mi garganta, para siempre.

¿Que si he seguido haciendo el ridículo? De vez en cuando lo sigo haciendo, pero ya no me importa tanto, ¿A quién no le pasa? Una frase de San Agustín me ha ayudado mucho:

“Quid si falleris? Si enim fallor, sum. Nan qui non est, utique nec falli potest, ac per hoc sum, si fallor”

O lo que es lo mismo: “¿Qué si fallo? Pues si fallo (o me engaño), existo. El que no existe no puede fallar, y por eso, si fallo, existo”. San Agustín De Civitate Dei. XI, XXVI

Mi próximo miedo a vencer, será aprender a bailar. Bailaré con mi esposa, y con mi hija.

Yo nací con miedo. Yo vencí mi miedo.

¿Cuál es tu miedo? ¿Cómo lo venciste? ¡Cuéntalo a todo el mundo!

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2 Comments

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  1. Mis miedos son el de no ser el padre y marido que debo ser, un pánico terrible, el cual se basa en que el día de mañana mis hijos se avergüencen de su padre… ya estamos trabajando para construir lo contrario

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