Solo eso, seguir caminando


SOLO ESO
Es cierto, mi hijo camina. Y sólo ese hecho constituye un milagro médico y una proeza personal para él. Dio sus primeros pasos muy tarde, pero más vale tarde, más vale luego, más vale darlos, más vale empezar. Cuando sea, donde sea, como sea.

Ya tenía más de dos años y no daba un paso. Pero en sus ojos yo podía notar su deseo, su anhelo, su sueño de caminar.
Miraba atentamente a los otros niños. Los miraba y los estudiaba. Se emocionaba al verlos correr y reía. Soñaba con caminar.

Pero su médula anclada le repetía todos los días y a todas horas que no era posible, que eso es algo para otros, para los demás, que dejara de preocuparse por eso, que aceptara la realidad, que se resignara. Que lo dejara ya. Lo suyo era otra cosa, otra realidad, otra niñez, otros juegos, otra vida… No la de los otros. Pero el soñaba.

Es cierto, mi hijo camina. No se resignó, quiso y pudo. Pero también es cierto que sus piernas no responden como quisiera. No obedecen, son rebeldes, débiles, quejumbrosas, temerosas, tímidas, desconfiadas, no tienen tanta fe como el quisiera. Renquea, se tambalea, cae… Al principio pensé que era temporal, pero luego me percaté de que podría ser así, su modo de andar, su forma original de garabatear pasos. Su modo artístico de decir: se hace camino al andar.

Por las madrugadas, cuando se anima a surcar la densa oscuridad que separa su cuarto del nuestro, escucho cómo sus pasos firman el suelo, la rúbrica de la fe y del esfuerzo. Arrítmico, me pareció. Pero no, mi hijo no camina desacompasado, en verdad no pierde el ritmo, como yo pensé, Santiago ha creado una forma de caminar que se nos haría imposible al común de los caminantes. Primero simple, una pierna suave, otra firme. Al principio sin acento, luego acentuando siempre el primer golpe, con la izquierda. Suena así: D I D D – I D I I primero lento, inseguro, luego rápido en una secuencia impecable. Un golpe con la izquierda, dos inseguros con la derecha. Santiago camina en paradiddle. No tengo duda.

Mi hijo camina, es cierto. Y ya no me importa su ritmo ni su forma, he aprendido a apreciar el arte de caminar sin permiso, la irreverencia de la fe, el grito de la esperanza y el poder de la inocencia. Amo la forma en que camina mi hijo. Amo sus paradiddles simples, dobles y hasta triples. Ese es mi hijo, un caminante y eso es lo que importa.

Su andar me ha enseñado algo grande y poderoso. Puede que mi vida no camine tan bien como yo quisiera. Puede que, al compararme con otras personas, me desanime el ritmo de mi vida, mis pasos y mis logros, puede que incluso me avergüence de ellos y los intente maquillar. Es posible que procure vivir como otros, caminar como los demás, ser como los demás, sonreír como los demás. Es posible que me lacere en silencio por mi forma de andar por esta vida, mis limitaciones e incapacidades. Pero eso solo sucedería si dejo de lado lo único importante, lo más valioso, lo esencial. Santiago me ha enseñado que no importa mi ritmo, no importa si mi paso es débil y mis piernas me reclamen más destreza en la vida, lo que realmente importa y merece un aplauso es sólo eso, seguir caminado.

NOTA: Tanto mi blog, como mis libros, charlas, podcast, ideas, cursos y demás recursos van a estar disponibles en mi nueva página http://www.imperfectos.org Pueden ingresar para suscribirse y estar al tanto.

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One Comment

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  1. Estas palabras calan muy profundo en mi corazón y el estoy segura en el corazón de muchos. Porque son bellas y sabias como Santi. No importa la edad, ni el tiempo su vida es como aliento fresco para seguir adelante. Gracias José por compartir esto.

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